Mira qué bello día está haciendo, dice; no podemos quedarnos en casa, hay que aprovechar. Ella lo dice porque ha terminado con las obligaciones: libre de exámenes, ahora puede dejar correr el tiempo fuera, viviendo, como ella le dice. Para él no es lo mismo. El vicio de escribir es casi su obligación: la página lo interpela, no puede dejar pasar un día sin haber creado algo, por ligero que sea, por inútil o nimio, aunque termine como alimento para la papelera.
Sin embargo duda. El día tan despejado, el sol radiante, la calma, la efervescente alegría de una cerveza fría y el rutilante río, los destellos del sol sobre un espejo de agua. Y las mujeres alrededor: la belleza que se le había vedado durante los meses de confinamiento, los rostros sin máscaras, las piernas desnudas de una mujer de caminar indiferente y esquivo. Pudo verlas ayer con ojos inquisitivos, rogando por un cruce de miradas como un accidente; una de ellas le dijo buenas noches, como invitación y no despedida, y la dejó partir porque era una desconocida, porque no pudo detenerse al instante.
Los libros, sin embargo, continúan impasibles. La voz dulce que dice escribe, lee, escribe, lee, incesante, no se apaga. La gran novela todavía no se escribe. No es paradójico que no haya apuro: estos años son aún de formación, de búsqueda, una forma de hacerse con las herramientas y la práctica mínimas para ejercer el oficio de escritor. Todo esto es un antecedente, nada serio en la medida en que no se preocupe más por la calidad que por el hábito. Escritura a martillazos: clavar cada palabra en carne viva, dar forma a la conciencia, a los ánimos, a la desdicha.
Por eso no puede renunciar a un día de calma. Para él, los exámenes no han terminado. Ha renunciado a un final: su formación de decadente autodidacta consume la mayor parte de su tiempo. Será el resultado inútil de la utilidad, su formación guiada por un inmejorable hedonismo de descubrimiento: aprender como revuelta lúdica, la caída vertiginosa al abismo de una ilógica luminosidad, la realización de la vida. Indómita ansia de que todo acabe: un cambio drástico y no doloroso, un paso fácil, la resolución aplastante.
Se le ha borrado una palabra. No logra conjeturar la imagen unánime de esa palabra en su memoria; se evapora como el frágil rocío en una mañana de intenso fulgor. No logra traerla de vuelta: lo mejor es impedir que la memoria fustigue sus ánimos de inventiva y continuar con el ritmo pavoroso de la página, llevar a cabo su propósito de irremisible sinsentido.
Cae la tarde, y con ella el bochorno de las seis. El día se extiende más allá de las nueve de la noche, un minuto más hasta el lento retroceso que significa el inicio del otoño, el final cansado del verano, la vuelta a la semilla, al gris acostumbrado de los días. Mañana no dice nada. Se despierta tarde, con la misma ausencia de ánimo de vivir; un café más para despertar las papilas gustativas —no tanto por la cafeína, que no logra vencer el sopor del mediodía—.
Va a parar la lectura, se dará a la vida: se tomará esa cerveza frente al río, se entretendrá con el pasar de mujeres bellas con las que nunca podrá escribir una historia de amor. Dirá que no le queda otra, que ha venido porque quedarse en casa es poca cosa; mañana podría estar muerto, así que hoy ha renunciado a su vida, a sus cosas, a sus inevitables libros. Se le lega la condena de estar vivo: la ineludible cosecha de un fracaso, una muerte segura y quién sabe si próxima.
El día lo reta, le dice: sal, que la muerte de todas formas te espera fuera o dentro, inevitable, paciente. Y él: solo doscientas palabras más. Dame la confianza, musa efímera; llévame por el buen camino de la incertidumbre, evítame otro día menesteroso. El afuera lo espera, el sol que lo encandila como cuando era un niño atribulado en la azotea de la casa familiar, soñando con subir a un avión y no regresar nunca. Ese niño sigue soñando con la partida. No puede traicionarlo con un regreso forzado: primero la vida de menesteroso que el regreso. No tiene más patria que sí mismo. Alguna manera tiene que haber. Mañana proveerá.
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