Después de no pocas semanas, ha encontrado a M. La ha visto a la distancia de una pantalla, en el cúmulo de fotos que no alcanzan para contar la historia de un recurrente —como idea— suicidio. M. lo ha pensado más de una vez; fue una idea fija durante su adolescencia que se fue atenuando sin desaparecer con los años. La vida no vale nada, todo es sufrimiento, oscuridad, mínimos y huidizos momentos de alegría.
¿Dónde está la felicidad?, se pregunta, y la respuesta se le da como siempre: ahí, donde tú no la ves.
Se entrega con denuedo, y no menos sencillez, a sus pasiones: la cultura japonesa, todo lo que esta abraza. Se ha llenado el cuerpo de tatuajes con motivos orientales, personajes de manga, letras de canciones. Él ya no esperaba volver a verla, pero anoche su perfil se le apareció como una señal. Con ingenuidad soñadora se dijo que haberla encontrado tenía un significado. ¿Y si la invitaba a salir? La posible conquista: compartir su alma —disfrazada de sosiego— con el alma de M.
Ella no se oculta. Resalta por la ausencia de colores en su vestimenta, por la perforación debajo del labio inferior, por sus ojos que no miran fijo. ¿Verla una segunda vez, en la intimidad de dos?
Ideas de vasta ausencia.
No sé nada. Escribo porque ha sido mi promesa: escribir a pesar de mi incapacidad de escribir. Sería muy fácil abandonar la escritura para dedicarme a leer. No puedo, sin embargo, interrumpir estas dos actividades. Leer y escribir como condena gozosa, con vistas a la perpetuidad. El trabajo literario que no hace más que multiplicarse como el monstruo de las mil cabezas.
Tomarme el tiempo —¿de dónde?— para corregir, releer lo escrito y no condenarlo al lento olvido. Leer: volver a vivir, volver a pensar lo escrito. Nutrirme de la materia de mí mismo, hacer un reciclaje, un círculo virtuoso libre del miedo de que se convierta en vicioso.
¿De dónde proviene la genialidad, ahora tan ausente? Otras veces la he tenido: las palabras tomaban vuelo, parecían escribirse por sí solas. Y ahora sufro de su abandono, de mi mente anestesiada. Aquí dentro —mente y alma— todo es vacío: la infinita caída de la que no saldré con vida.
Ganas de no tener ganas. Falta de ganas de tener ganas.
¿Qué ganas con haber fatigado tantas páginas? Nada. No tengo un proyecto en mente, no trabajo en la escritura de páginas con continuidad. Escribo fragmentos, leo fragmentos y sueño sueños que olvido. Dejar todo a medias o empezarlo de nuevo cada día.
Regresar al vómito que tanto despreciaba Onetti: mis creaciones pasadas, releerlas para destinarlas a la publicación y olvidarme de ellas. Saber que la advertencia de Borges era honesta: lo que no se publica está condenado a corregirse por la eternidad.
Una obra magna: la obra de mi vida. Corregir lo que no se termina, hacer de ello un libro coherente, verosímil.
Llevar una vida aparte. Ser adicto al sueño, droga predilecta del alma, irreversible una vez que la máquina se ha encendido. Soñar todo aquello imposible y contentarse con no lograrlo. Evitar —en la medida de lo irrazonable— los sueños sencillos de cumplir, lo posible. Saber contentarse con la vida hiperbólica del asceta: ser muy poco, pensar nada, para sorprenderse con lo rutinario.
Hoy guardo un miedo tributario con mi pasado. Me invento señales, hago del azar un destino premeditado por extraños que me sueñan.
Vienen siete personas de los Países Bajos, y he recorrido el sendero menesteroso hasta el paraje de mi aflicción pasada. ¿Cuál sería mi reacción si, en efecto, S. estuviese entre esas siete personas? Sería, en principio, un terror inaudito; después, una fascinación por ese destino que me empeño en llamar azar.
Olvido. Ella no estará en ese grupo. Serán siete personas que me recordarán a ella con todo el peso de la nostalgia. Los miraré de soslayo; no dejaré que mi mirada inquisitiva les dé pistas del amor que perdí entre su gente.
—Imagina, sin embargo, que todas las probabilidades están en tu contra.
—¿Cuáles probabilidades?
—El reencuentro después de tantos años, con el destino en tu contra o acaso a tu favor.
—No puedo ocultar la sensación de fracaso que sentiré.
—Ya: no te gustaría encontrarte con ella cara a cara, sin poder ocultar que has fracasado en tu tentativa de ser alguien.
—¿Ser quién?
—Alguien mejor que un mesero en un restaurante mexicano.
—¿Te das cuenta entonces de que resultaría ridículo?
Sería una taimada broma del azar, una providencial —portentosa— broma de un ser superior, seguida de una estruendosa carcajada: una burla despiadada.
¿Cuál sería nuestro rostro de sorpresa? No imagino ninguna conversación sino la indiferencia: no reconocerla, tratarnos como dos extraños. ¿No es lo que somos? La S. que yo conocí ha muerto. Yo soy el lugar de las apariciones. También yo soy un muerto para ella: uno que puede volverse viviente, desenterrar todo el pasado, golpear con felices recuerdos, provocar esa angustia por la alegría que se nos quedó colgada en los helechos.
¿Me gustaría verla? Sí, a pesar del sudor frío que me recorrerá la piel, del golpe bajo de amor deshecho, imposible.
Recorrer el entramado sendero de mis vanas penas. Afrontar, armado de resignación, el ya no ser joven, ya no ser el hombre en busca de la conquista.
Volver a viejas lecturas. Retomar las cartas de Cortázar que tanto bien me hacían, vivir la vida a través de él, instalarme en otro tiempo.
Casi lo olvido: hoy sentí una saudade desplazada. No creí estar en esta ciudad. Con la certeza que da lo no vivido, me trasladé a otro plano de la realidad. S. no podía aparecer aquí porque aquí no existe. Esta no es la ciudad en la que nos conocimos, me dije: estoy en otra parte, más lejos de mí mismo.
Sin embargo, después sentí el lento traslado al presente, la conjugación inevitable del ser y del estar. Todo es tiempo presente.
Sin duda, realicé un viaje espectral.
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