Miedo a dejarme incompleto, de dejar a medio camino la vida que quiero vivir.
Peur de me laisser inachevé, de laisser à mi-chemin la vie que je veux vivre.
Texto escrito en 2020 · Texte écrit en 2020
Español — Version française ci-dessous
Tengo la idea incipiente de la muerte que llega antes de tiempo, la que mata muy joven, por accidente o enfermedad, no la que llega como causa natural y temporal de la vida, sino aquella que fulmina los años futuros. Esa muerte que cuando llega ya no nos pertenece, que pasa a ser de quienes nos conocieron, de familiares y amigos. El que muere ya no está para dar homenaje a la vida que vivió. Claro que la muerte de nuestros padres, por muy larga vida que hayan vivido, nos parece un ataque atroz de la vida, y cuyo único consuelo es el porvenir, la familia que ya hemos formado, la existencia que queda por delante. Pero yo imagino todas aquellas muertes por accidente, repentinas, que no dan siquiera el tiempo de lidiar con la idea de que la persona que tenemos enfrente se va a morir. Muerte instantánea que pocas veces deja espacio para el duelo. Pienso, como ejemplo más reciente, en la muerte de Cristina, por un simple error, por haber hecho una cosa en lugar de la otra y encontrar a la muerte de frente en un callejón sin salida. Sé que todos vamos a morir, pero para mí me gustaría una vida muy larga. Pienso en los años que se me prometen sin garantía, los ya cumplidos como gran parte del camino recorrido. ¿Llegaré a vivir más de lo que vivan mis padres? Me hago preguntas dolorosas de hechos inminentes. ¿Quién será el primero de los hermanos que ya no será testigo del paso del tiempo? Yo soy el más joven, el que por derecho de tiempo tiene la posibilidad de sobrepasar los años de vida de mis hermanos; sin embargo, no hay garantías. Yo podría sobrevivir a todas sus muertes o ellos a la mía. A pesar de que entiendo la muerte como una sentencia inapelable, me aterra morir por accidente, por un descuido, a causa del otro: un accidente mientras ando en bicicleta, una agresión a mano armada mientras camino de regreso a casa, una bala perdida o un ataque fulminante al corazón. ¿Por qué Cristina y no yo? ¿Por qué tantos otros y no nosotros? Me preguntaba en la reunión con amigos del domingo por la tarde. ¿Cómo hemos podido esquivar toda vicisitud que nos arranque de tajo el último de los suspiros? Miedo a dejarme incompleto, de dejar a medio camino la vida que quiero vivir. Los otros y no yo, con tantas probabilidades de no salir indemne de cualquier desgracia estoy aquí escribiendo e imaginando la nada que se me legaría al estar muerto. Cuando la muerte llega nos envuelve en un manto de silencio, de inconsciencia y de oscuridad. Lo poco que el cuerpo sobrevive a la muerte nos da para el arrepentimiento más largo, para un llanto sordo por haber dejado la vida antes de tiempo. Y siempre nos parecerá que llega antes de tiempo, aun después de haber vivido cien años, de haber cumplido sueños y viajes, la muerte siempre llega en el peor de los momentos. ¿Por qué hoy y no mañana? Me pregunto si los otros andarán por la vida con el mismo temor a la muerte que devora las entrañas. Saber que basta una nada para caer en la trampa que de otra forma hubiéramos podido esquivar. Saber que llevamos la condena a cuestas por habernos levantado o muy tarde o muy temprano. Una serie de pequeñas y en apariencia nimias decisiones que condicionan, que dirigen hacia nosotros el paso expectante de la muerte. Pero también hay decisiones que nos han hecho esquivar la desgracia. Yo he dicho, y lo sigo pensando, que venir a Francia me salvó de una muerte prematura en México, por accidente o por frustración. De haberme quedado no sería el mismo, porque allá, en la casa materna, la vida con los libros se me hubiera negado, tan solo se me habrían dado unas escuetas horas los fines de semana. Allá no habría nacido el escritor primerizo que escribe casi todos los días. Allá no habría tiempo. Allá la vida no habría podido ser. Allá no había el silencio de esta casa, la música clásica de fondo con las pocas interrupciones. Aquí la vida da para ser vivida, para apartar los demonios de la frustración. Sin embargo, hace falta encontrar el sendero, o al menos la encrucijada para después decidir si elegir un camino o no. Aquí la vida es por primera vez solo mía, con la independencia que nunca hubiese logrado allá. La soledad nunca hubiera podido ser tan buena compañera en otra parte.
Nada está comprado. Temo una muerte anticipada, tanto que he heredado ya estas páginas por si algo me sucede. Aun así la confianza revestida de optimismo prevalece. Me imagino un futuro con gloria en este presente líquido, a pesar de que cada rememoración del pasado me lleva al desasosiego. Me digo que los años que tienen ahora mis padres son un largo camino, una carrera contra las vicisitudes del tiempo asesino de la que yo no podré salir indemne. Tengo 28 años, y hay 36 que me separan de la edad de mis padres. Todavía no llega el día doloroso de su partida, todavía viven y sueñan en la casa de mi infancia, están allá y no están solos. Yo todavía creo escucharlos cada mañana, su vaivén nocturno de la cama al baño, y sus conversaciones antes del amanecer sobre los disparatados sueños o sobre lo que los preocupa. Más de una vez alcanzaba a escuchar lo que decían sobre mí, si había regresado a casa después de una noche fuera, si iba a ir a clases o no o sobre las preocupaciones inminentes de unos padres hacia sus hijos. De mi familia he dicho que no éramos pobres pero tampoco ricos, y aquí estoy en un error: somos ricos y hemos sido felices sin darnos cuenta. La riqueza residía en la salud de la familia y en el seguro plato de comida sobre la mesa. Hemos tenido la riqueza de tener un techo donde vivir y no andar con hambre. Nunca hemos sido pobres.
Version française
J’ai cette idée naissante de la mort qui arrive avant l’heure, celle qui tue très jeune, par accident ou par maladie, non celle qui survient comme une conséquence naturelle de la vie et du temps, mais celle qui foudroie les années à venir. Cette mort qui, lorsqu’elle arrive, ne nous appartient déjà plus, qui devient celle de ceux qui nous ont connus, de nos proches et de nos amis. Celui qui meurt n’est plus là pour rendre hommage à la vie qu’il a vécue. Bien sûr, la mort de nos parents, aussi longue qu’ait été leur vie, nous semble une attaque atroce de la vie, et notre seule consolation est l’avenir, la famille que nous avons déjà fondée, l’existence qui reste devant nous. Mais moi, j’imagine toutes ces morts par accident, soudaines, qui ne laissent même pas le temps de se faire à l’idée que la personne que nous avons devant nous va mourir. Mort instantanée qui laisse rarement place au deuil. Je pense, pour prendre l’exemple le plus récent, à la mort de Cristina, pour une simple erreur, pour avoir fait une chose plutôt qu’une autre et s’être retrouvée face à la mort dans une impasse. Je sais que nous allons tous mourir, mais pour ma part, j’aimerais une très longue vie. Je pense aux années qui me sont promises sans garantie, à celles déjà vécues comme à une grande partie du chemin parcouru. Vivrai-je plus longtemps que mes parents ? Je me pose des questions douloureuses sur des faits imminents. Lequel de mes frères et sœurs sera le premier à ne plus être témoin du passage du temps ? Je suis le plus jeune, celui qui, par droit d’âge, a la possibilité de dépasser les années de vie de ses frères et sœurs ; pourtant, rien n’est garanti. Je pourrais survivre à toutes leurs morts, ou eux à la mienne. Même si je comprends la mort comme une sentence sans appel, je suis terrifié à l’idée de mourir par accident, par inattention, à cause d’un autre : un accident à vélo, une agression à main armée alors que je rentre chez moi à pied, une balle perdue ou une crise cardiaque foudroyante. Pourquoi Cristina et pas moi ? Pourquoi tant d’autres et pas nous ? Je me le demandais lors de cette rencontre entre amis, dimanche après-midi. Comment avons-nous pu esquiver toutes les vicissitudes qui pourraient nous arracher d’un coup le dernier soupir ? Peur de me laisser inachevé, de laisser à mi-chemin la vie que je veux vivre. Les autres et pas moi, avec tant de probabilités de ne pas sortir indemne d’un malheur quelconque, je suis ici à écrire et à imaginer le néant qui me serait légué une fois mort. Quand la mort arrive, elle nous enveloppe d’un manteau de silence, d’inconscience et d’obscurité. Le peu de temps que le corps survit à la mort nous suffit pour le plus long des regrets, pour des pleurs sourds d’avoir quitté la vie avant l’heure. Et il nous semblera toujours qu’elle arrive avant l’heure, même après avoir vécu cent ans, accompli des rêves et fait des voyages, la mort arrive toujours au pire moment. Pourquoi aujourd’hui et pas demain ? Je me demande si les autres traversent la vie avec cette même peur de la mort qui dévore les entrailles. Savoir qu’il suffit d’un rien pour tomber dans le piège que nous aurions pu éviter en faisant autrement. Savoir que nous portons notre condamnation pour nous être levés ou trop tard ou trop tôt. Une série de petites décisions, insignifiantes en apparence, qui conditionnent, qui dirigent vers nous le pas de la mort aux aguets. Mais il y a aussi des décisions qui nous ont fait esquiver le malheur. Je l’ai dit, et je le pense toujours, venir en France m’a sauvé d’une mort prématurée au Mexique, par accident ou par frustration. Si j’étais resté, je ne serais pas le même, parce que là-bas, dans la maison maternelle, la vie avec les livres m’aurait été refusée, on ne m’aurait accordé que quelques maigres heures le week-end. Là-bas ne serait pas né l’écrivain débutant qui écrit presque tous les jours. Là-bas, il n’y aurait pas de temps. Là-bas, la vie n’aurait pas pu être. Là-bas, il n’y avait pas le silence de cette maison, la musique classique en fond avec ses rares interruptions. Ici, la vie laisse le temps d’être vécue, d’écarter les démons de la frustration. Pourtant, il faut trouver le sentier, ou du moins la croisée des chemins pour décider ensuite d’en choisir un ou non. Ici, pour la première fois, la vie n’appartient qu’à moi, avec cette indépendance que je n’aurais jamais atteinte là-bas. Nulle part ailleurs la solitude n’aurait pu être d’aussi bonne compagnie.
Rien n’est acquis. Je crains une mort prématurée, au point d’avoir déjà légué ces pages au cas où il m’arriverait quelque chose. Malgré tout, la confiance revêtue d’optimisme prévaut. Je m’imagine un avenir glorieux dans ce présent liquide, même si chaque évocation du passé me ramène au désarroi. Je me dis que les années qu’ont aujourd’hui mes parents sont un long chemin, une course contre les vicissitudes du temps assassin dont je ne pourrai sortir indemne. J’ai 28 ans, et 36 me séparent de l’âge de mes parents. Le jour douloureux de leur départ n’est pas encore arrivé, ils vivent et rêvent encore dans la maison de mon enfance, ils sont là-bas et ne sont pas seuls. Je crois encore les entendre chaque matin, leurs allées et venues nocturnes entre le lit et la salle de bains, et leurs conversations avant l’aube sur leurs rêves extravagants ou sur ce qui les inquiète. Plus d’une fois, je parvenais à entendre ce qu’ils disaient de moi, si j’étais rentré après une nuit dehors, si j’allais aller en cours ou non, ou les inquiétudes pressantes de parents pour leurs enfants. J’ai dit de ma famille que nous n’étions ni pauvres ni riches, et sur ce point je me trompe : nous sommes riches et nous avons été heureux sans nous en rendre compte. La richesse résidait dans la santé de la famille et dans l’assiette de nourriture assurée sur la table. Nous avons eu la richesse d’avoir un toit où vivre et de ne pas avoir faim. Nous n’avons jamais été pauvres.
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