Qué verdad habrá, del lado de todas mis maquinaciones, del invento de la memoria que me he forjado de mi padre.
Quelle vérité peut-il y avoir, du côté de toutes mes machinations, de cette mémoire de mon père que je me suis inventée.
Texto escrito el 24 de enero de 2025 · Texte écrit le 24 janvier 2025
Español — Version française ci-dessous
Qué verdad habrá, del lado de todas mis maquinaciones, del invento de la memoria que me he forjado de mi padre. Pienso cómo pensaba en sus últimos días, las intenciones que tenía al levantarse temprano, muy temprano, cada mañana para realizar el mismo recorrido, instalarse en el lugar de siempre: perpetuar la rutina. Me cuentan —y luego yo imagino— que si bien se acostaba temprano dormía muy poco, que había un dolor que sentía pero disimulaba y entonces trataba de paliarlo con el tequila en ayunas, huevos en el desayuno casi siempre y un licuado de nopal y ajo y otros remedios caseros. Papá tomaba café con el desayuno, el único café que no era buen café, el Nescafé, el soluble, en un vaso azul de plástico o en una taza más ad hoc. Mi padre entonces no sentía dolor o lo sentía muy poco, apaciguado por el descanso temprano aunque no prolongado durante la noche y por todos esos paliativos caseros. Sé que seguía el mismo camino hacia la ducha en la mañana, que con un agua y un jabón neutro hacía la espuma, magra espuma, que se ponía en el rostro para rasurarse. Lo hizo toda su vida con un rastrillo desechable, toda su vida con el rostro limpio, impecable porque para él la barba era sinónimo de suciedad. Después pasaba a la ducha, el tiempo que durase, mejor si era larga. Cuando terminaba, carraspeaba mientras se secaba el cuerpo con la toalla; con esta misma en la cintura, salía del baño hacia la recámara. Empezaba entonces los cuidados que siempre prodigó a su cuerpo, crema en toda la piel, loción de afeitar, desodorante, un perfume leve y el talco en los pies y en los zapatos por si el mal olor de la transpiración. Papá tenía un peine, se peinaba, se vestía con la ropa que mi madre le preparaba un día antes o esa misma mañana. Mamá escogía por él, él se ponía lo que mamá le dejase al alcance, ropa siempre pulcra, siempre planchada. Ya listo papá dejaba la habitación, apagaba la tele donde habían transmitido la misa del día en el canal católico. En la sala ponía las noticias mientras le decía a mamá cómo hacer el desayuno que él nunca se preparaba, y mi madre haciéndole el caso de siempre: ninguno. Papá se preparaba su café, tomaba un poco de agua y desayunaba frente a las noticias: las historias de la noche con sus tantos muertos a causa o no de la borrachera; o los borrachos vivos haciendo el espectáculo o el ridículo frente a la cámara. Pero sobre todo los muertos que no eran pocos, siempre muchos, con o sin accidente de por medio, por andar en malos pasos, por atravesar una vía transitada a mitad de la noche o los que no se fijaban, ni ellos ni el chofer del autobús que los mataba. Papá entonces se decía que tenía suerte, que la vida no estaba tan mal así, que tenía dónde vivir, qué comer, una familia más o menos unida y unos hijos, no todos, de los cuales sentirse orgulloso. Fueron muchos los años en los que sólo necesitaba pastillas para controlar su diabetes, mismas que se tomaba después de cada comida; y pocos fueron los años en los que necesitó de inyecciones de insulina en el vientre, que mamá le aplicaba o él mismo se aplicaba con cuidado, ya casi una costumbre. Enseguida papá pasaba por última vez al baño, se lavaba los dientes y decía que ya era tarde, nos vemos en la tarde, mujer, le decía a mi mamá y a mí no me decía nada pues ya me había ido a la universidad o ya no vivía en Guadalajara. Papá entonces salía de casa, muchos años en auto, los últimos en transporte público pues era mucho el tráfico y además pagar estacionamiento no era rentable. Sabría después que algunas veces le robaron lo que traía en los bolsillos —la venta del día— unos hijos de puta sin escrúpulos que desprecio y que ya deben haber conocido la muerte o estar pasándola peor por haberle robado a mi moribundo padre.
Papá no dejó memoria de sus últimos años, poco o nada sé de su vida privada y secreta. Ignoro sus bajas pasiones, sus instintos de hombre cansado en busca de una felicidad efímera, para pasar el rato. Desconozco los lazos que forjó con otras mujeres, porque debió de haberlas ya que mi madre nunca desactivó la defensa de sus celos. No hice preguntas, nunca me atreví a tener una charla pasajera con papá, hablar de todo y de nada como lo hacen los afortunados de la vida. Papá murió en silencio, sin poder decir adiós más que con la mirada. Sin embargo, esa mirada no era una despedida sino una disculpa. Miraba con la tristeza de quien ha dejado algo inacabado, de quien no ha cumplido cabal los planes que tenía para sus hijos. En su mirada se veía esa contrariedad de la frustración por ya no poder hacer nada, por estar y sentirse atado, por no saber qué es lo que se encuentra del otro lado de la vida que —acaso— nunca fue el sueño.
No hubo ninguna despedida, no verdadera, de las que desgarran el alma con palabras, las últimas. ¿Cuáles fueron las de mi padre? No pudo decirnos nada. Lo único que entrevimos —en el imaginario— fue su sufrimiento callado, su cuerpo que se desgastaba día con día, su difícil, forzoso, asistido respirar. Yo sigo sintiendo su sed, sus labios secos, al final necrosados por el clamor que no pudo dar. La vida vuelve con la muerte de mi padre para decirme que no he aprendido nada, que su partida no me ha cambiado, que sigo cometiendo los mismos errores. Cosas de mi padre, me digo para justificarme, así me enseñó, así quiero ser: seguir su ejemplo aunque me valga la enemistad de muchos o la incomprensión de otros tantos. Nada ha cambiado, lo único es que ya sueño menos con mi padre vivo. ¿Ya también del otro lado ha muerto o ha decidido marcharse por una larga temporada?
Version française
Quelle vérité peut-il y avoir, du côté de toutes mes machinations, de cette mémoire de mon père que je me suis inventée. Je pense à la façon dont il pensait dans ses derniers jours, aux intentions qu’il avait en se levant tôt, très tôt, chaque matin pour faire le même trajet, s’installer au même endroit : perpétuer la routine. On me raconte — et moi, ensuite, j’imagine — que, même s’il se couchait tôt, il dormait très peu, qu’il ressentait une douleur mais la dissimulait, et qu’alors il essayait de l’apaiser avec de la tequila à jeun, des œufs au petit déjeuner presque toujours, un jus de nopal et d’ail et d’autres remèdes maison. Mon père buvait du café au petit déjeuner, le seul café qui n’était pas du bon café, le Nescafé, le soluble, dans un verre en plastique bleu ou une tasse plus ad hoc. Mon père alors ne ressentait pas de douleur, ou très peu, une douleur apaisée par le repos pris tôt, bien que peu prolongé durant la nuit, et par tous ces palliatifs maison. Je sais qu’il suivait le même chemin vers la douche le matin, qu’avec de l’eau et un savon neutre il faisait la mousse, une maigre mousse, qu’il s’étalait sur le visage pour se raser. Il l’a fait toute sa vie avec un rasoir jetable, toute sa vie le visage net, impeccable parce que, pour lui, la barbe était synonyme de saleté. Puis il passait sous la douche, pour le temps qu’elle durait, longue de préférence. Quand il avait terminé, il se raclait la gorge en se séchant le corps avec la serviette ; cette même serviette autour de la taille, il sortait de la salle de bains et gagnait la chambre. Commençaient alors les soins qu’il avait toujours prodigués à son corps, de la crème sur toute la peau, de l’après-rasage, du déodorant, un parfum léger et du talc sur les pieds et dans les chaussures, contre l’éventuelle mauvaise odeur de la transpiration. Mon père avait un peigne, il se peignait, s’habillait avec les vêtements que ma mère lui préparait la veille ou le matin même. Maman choisissait pour lui, il mettait ce que maman lui laissait à portée de main, des vêtements toujours propres, toujours repassés. Une fois prêt, mon père quittait la chambre, éteignait la télé où l’on avait diffusé la messe du jour sur la chaîne catholique. Dans le salon, il mettait les informations tout en disant à maman comment préparer le petit déjeuner qu’il ne préparait jamais lui-même, et ma mère lui prêtant l’attention de toujours : aucune. Mon père se préparait son café, buvait un peu d’eau et prenait son petit déjeuner devant les informations : les histoires de la nuit, avec tous leurs morts, dus ou non à l’ivresse ; ou les ivrognes bien vivants faisant leur numéro ou se ridiculisant devant la caméra. Mais surtout les morts, qui n’étaient pas peu nombreux, toujours beaucoup, avec ou sans accident, pour s’être mêlés à de mauvaises affaires, pour avoir traversé une voie très fréquentée au milieu de la nuit, ou ceux qui n’avaient pas regardé, ni eux ni le chauffeur du bus qui les tuait. Mon père alors se disait qu’il avait de la chance, que la vie n’était pas si mal comme ça, qu’il avait où vivre, de quoi manger, une famille plus ou moins unie et des enfants, pas tous, dont il pouvait être fier. Nombreuses furent les années où il n’avait besoin que de comprimés pour contrôler son diabète, comprimés qu’il prenait après chaque repas ; et peu nombreuses furent celles où il eut besoin d’injections d’insuline dans le ventre, que maman lui faisait ou qu’il se faisait lui-même avec précaution, presque une habitude déjà. Ensuite, mon père passait une dernière fois à la salle de bains, se brossait les dents et disait qu’il était déjà tard, on se voit cet après-midi, femme, disait-il à ma mère, et à moi il ne disait rien parce que j’étais déjà parti à l’université ou que je ne vivais plus à Guadalajara. Mon père alors sortait de la maison, pendant de nombreuses années en voiture, les dernières en transports en commun parce qu’il y avait trop de circulation et qu’en plus payer le stationnement n’était pas rentable. J’apprendrais plus tard que, parfois, ce qu’il avait dans les poches — la recette du jour — lui avait été volé par des fils de pute sans scrupules que je méprise et qui doivent déjà avoir connu la mort ou subir pire encore pour avoir volé mon père moribond.
Mon père n’a laissé aucun témoignage de ses dernières années, je ne sais presque rien, ou rien, de sa vie privée et secrète. J’ignore ses basses passions, ses instincts d’homme fatigué en quête d’un bonheur éphémère, pour passer le temps. Je ne connais pas les liens qu’il a noués avec d’autres femmes, parce qu’il a dû y en avoir, puisque ma mère n’a jamais désactivé les défenses de sa jalousie. Je n’ai pas posé de questions, je n’ai jamais osé bavarder un moment avec mon père, parler de tout et de rien comme le font ceux que la vie a favorisés. Mon père est mort en silence, sans pouvoir dire adieu autrement que du regard. Pourtant, ce regard n’était pas un adieu mais une demande de pardon. Il regardait avec la tristesse de celui qui a laissé quelque chose d’inachevé, de celui qui n’a pas pleinement accompli les projets qu’il avait pour ses enfants. Dans son regard se lisait cette contrariété de la frustration de ne plus pouvoir rien faire, d’être et de se sentir attaché, de ne pas savoir ce qui se trouve de l’autre côté de la vie qui — peut-être — n’a jamais été le rêve.
Il n’y a eu aucun adieu, aucun véritable, de ceux qui déchirent l’âme avec des mots, les derniers. Quels furent ceux de mon père ? Il n’a rien pu nous dire. La seule chose que nous ayons entrevue — dans l’imaginaire — fut sa souffrance silencieuse, son corps qui s’usait jour après jour, sa respiration difficile, forcée, assistée. Moi, je ressens encore sa soif, ses lèvres sèches, à la fin nécrosées par le cri qu’il n’a pas pu pousser. La vie revient avec la mort de mon père pour me dire que je n’ai rien appris, que son départ ne m’a pas changé, que je continue à commettre les mêmes erreurs. Des choses de mon père, me dis-je pour me justifier, c’est ce qu’il m’a appris, c’est ainsi que je veux être : suivre son exemple même si cela me vaut l’inimitié de beaucoup ou l’incompréhension de tant d’autres. Rien n’a changé, la seule chose, c’est que je rêve moins souvent de mon père vivant. Est-il déjà mort aussi de l’autre côté, ou a-t-il décidé de s’en aller pour longtemps ?
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