Escribir con urgencia · Écrire dans l’urgence

Ser escritor para multiplicarse, para habitar otras conciencias como forma irreversible de la inmortalidad.

Être écrivain pour se multiplier, pour habiter d’autres consciences comme une forme irréversible d’immortalité.

Texto escrito el 26 de diciembre de 2021 · Texte écrit le 26 décembre 2021

Español — Version française ci-dessous

Escribir con urgencia, sin precisiones, apurando el paso porque el tiempo, en pocos minutos, se acorta. Tener el tiempo contado, no por la muerte sino por la pareja que, al hacerse presente, da condena temporal al silencio. La calma tiene su fecha de caducidad. Llegará ella, su voz, sus pasos, su andar distraído. Me dirá que también, como yo, tiene hambre, no he comido nada más que el café de la mañana. ¿Y yo qué he hecho? Despilfarrar el tiempo porque hoy, como todo domingo, se me da sin contratiempos. Poseo todas las horas del día, no se me requiere en ningún lugar, evito las visitas, me ufano en esta soledad que a veces me sabe a desolación. Página en blanco desprevenida, le imprimo palabras a la fuerza, ideas volátiles, urgentes, caóticas. Impulsivas, como yo. He vivido sin sosiego, sin tregua para la reflexión. Vivo a pasos acelerados, soy el conejo que conoce de primera mano la prisa, pero no el destino. Me tengo que ir, me tengo que apurar. ¿Para qué? No lo sé, pero sí sé que debo correr, llegar a tiempo. No hay, sin embargo, un destino fijo. Correr para salvarse de lo inminente, lo intempestivo. No saber qué día es porque importa poco. ¿Que ayer fue Navidad? Como si no hubiese pasado. La casa sola mas no desolada. Mi ánimo jovial, pero con atisbos sucintos de furia. Se me da el paso fácil de la impasibilidad a la perturbación. Me molesto, reacciono con furia ante lo que me interrumpe, déjenme en paz, grita el yo furioso que vive aprisionado dentro de mí y busca el desquite con cualquier cosa que tenga a su alcance. Esa furia, ese yo que no gobierna su caos, yace enjaulado en la celda de mi sosiego, dominado por este que escribe y a quien no le importa nada. Dejar a la furia tomar las riendas de mí mismo, de mi vida, daría término a mi realidad pasiva. Mi furia dejaría de huir, afrontaría el regreso a México o el término de esta relación que, si bien no me asfixia, no me deja vivir como yo quiera. ¿Cómo quiero vivir? Sin sentar cabeza, sin las invisibles ataduras de la vida conyugal. He pasado de lado del enamoramiento incontables veces. He dejado que el oasis de la atracción se evapore en el abrasador desierto de mi indecisión. Me he enamorado y he dejado, no libre de arrepentimiento, que el amor naciente se extinga. He abortado toda historia de amor naciente. He dicho no, me he negado a la progresión natural de mi sentir, todo por la aparente estabilidad. Sin embargo, duerme en mí un yo furioso de fragilísimo sueño; irrumpe ante el mínimo ruido de inconformidad, de molestia. No se ocultan en mí instintos asesinos, sino deseos de levedad. Deseos de huir, de mi vida, de las de los demás, vidas conjuntas. Lo he querido, lo he deseado con unánime y descontrolado brío. Pero no puedo, estoy encadenado a esta forma de vida. Llevo la cruz de mi martirio, el peso de mis decisiones. No es improbable que mi situación migratoria se degrade: pasar a la ilegalidad, sin papeles, otro extranjero más de forma irregular. ¿Qué se me aconseja? Que prosiga con los estudios que desdeño, que asista a las clases que más que enseñarme algo me infunden un deseo irrefrenable de saltar por la ventana, apelar al suicidio como solución. Ya he maquinado el relato fatal e irrealizable de mi muerte al saltar por la ventana. Está escrito en el vasto cofre de mis textos no corregidos. No lo encuentro, no los encuentro. No son infinitos, pero a mí, con mis humanas limitaciones, me resultan innumerables. Me hago a la idea de corregirlos, sentarme a la mesa, frente al ordenador, y dedicarme a leer el libro de mí mismo, recorrer las páginas como senderos de mi propia vida, revivir lo pensado, reavivar el fuego de mi imperiosa conciencia. Vivir a partir de mí mismo, que Cervantes no necesitó leer a sus predecesores para escribir lo escrito. Hacer el trabajo del obrero, dejar al artista, al escritor que escribe, dormir, descansar, mandarlo de vacaciones y hacer la labor del artesano, del corrector de la obra como si no fuese propia, con un ojo avizor y objetivo. No temer al corrector, dejarlo hacer su trabajo como le plazca e impedir que interfiera con el trabajo de quien escribe. Darme una tregua, dejar en pausa, sin conflicto, los libros que de todas formas esperan libres de impaciencia. Dejarme seducir por lo escrito, por el trabajo que ya está a la mitad, hacer un libro, construirlo desde sus cimientos clasificando cada texto en su archivo correspondiente. Lo he soñado tanto como lo he pensado durante la duermevela: he hecho la mitad del trabajo, tengo material suficiente para pasar a la inminente publicación. Dejar de corregir para publicar. ¿Qué decía la frase sobre la publicación? Se publica porque de lo contrario se corregiría la obra hasta la muerte. Escribo porque me gusta, publico, sin embargo, porque las facturas no se pagan solas, la comida no se regala en los supermercados, el reconocimiento no nace de lo guardado, aquello que oculto está no puede aspirar a sentir el luminoso fulgor de unos ojos que leen, de lectores que consumen lo leído como propio, parte indivisible de su ser. Ser escritor para multiplicarse, para habitar otras conciencias como forma irreversible de la inmortalidad. No quedarse solo en papel, letra muerta, sino habitar en el corazón latiente de los vivos, lectores que respiran, que suspiran palabras, que viven mi vida hasta donde la eternidad les alcance. ¿Qué capítulo del libro de mi vida tomará este texto como propio? Dejo constancia de que Francia tomará una decisión sentenciadora. No habrá forma de convencer a las autoridades administrativas de regularizar mi estancia. Uno debe servir a su patria, a la que siendo ajena se ha vuelto como propia. Si uno no sirve para nada, como es mi caso, se me negará el ingreso a la sociedad. Se me dirá adiós sin miramientos.


Version française

Écrire dans l’urgence, sans précisions, en pressant le pas parce que le temps, en quelques minutes, se raccourcit. Avoir le temps compté, non par la mort mais par ma compagne qui, en arrivant, condamne le silence pour un temps. Le calme a sa date de péremption. Elle arrivera, sa voix, ses pas, sa démarche distraite. Elle me dira qu’elle aussi, comme moi, a faim, je n’ai rien pris d’autre que le café du matin. Et moi, qu’ai-je fait ? Gaspiller le temps parce qu’aujourd’hui, comme tous les dimanches, il m’est donné sans contretemps. Je possède toutes les heures du jour, on ne me réclame nulle part, j’évite les visites, je m’enorgueillis de cette solitude qui a parfois pour moi le goût de la désolation. Page blanche prise au dépourvu, j’y imprime de force des mots, des idées volatiles, urgentes, chaotiques. Impulsives, comme moi. J’ai vécu sans quiétude, sans trêve pour la réflexion. Je vis à vive allure, je suis le lapin qui connaît intimement la hâte, mais pas la destination. Il faut que je parte, il faut que je me dépêche. Pour quoi faire ? Je ne le sais pas, mais je sais que je dois courir, arriver à temps. Il n’y a pourtant pas de destination fixe. Courir pour échapper à l’imminent, à l’intempestif. Ne pas savoir quel jour on est parce que cela importe peu. Comment, hier c’était Noël ? Comme si cela n’avait pas eu lieu. La maison seule mais non désolée. Mon humeur joviale, mais avec de brèves pointes de fureur. Je passe facilement de l’impassibilité au trouble. Je m’irrite, je réagis avec fureur à ce qui m’interrompt, laissez-moi en paix, crie le moi furieux qui vit emprisonné en moi et cherche à se défouler sur tout ce qu’il trouve à portée de main. Cette fureur, ce moi qui ne gouverne pas son chaos, gît en cage dans la cellule de ma quiétude, dominé par celui qui écrit et à qui rien n’importe. Laisser la fureur prendre les rênes de moi-même, de ma vie, mettrait un terme à ma réalité passive. Ma fureur cesserait de fuir, affronterait le retour au Mexique ou la fin de cette relation qui, bien qu’elle ne m’étouffe pas, ne me laisse pas vivre comme je le veux. Comment est-ce que je veux vivre ? Sans me ranger, sans les attaches invisibles de la vie conjugale. Je suis passé à côté de l’amour d’innombrables fois. J’ai laissé l’oasis de l’attirance s’évaporer dans le désert brûlant de mon indécision. Je suis tombé amoureux et j’ai laissé, non sans regret, l’amour naissant s’éteindre. J’ai fait avorter toute histoire d’amour naissante. J’ai dit non, j’ai refusé la progression naturelle de ce que je ressens, tout cela pour une apparente stabilité. Pourtant, un moi furieux au sommeil d’une extrême fragilité dort en moi ; il surgit au moindre bruit de désaccord, d’irritation. Ce ne sont pas des instincts meurtriers qui se cachent en moi, mais des désirs de légèreté. Des désirs de fuir, ma vie, celles des autres, des vies conjointes. Je l’ai voulu, je l’ai désiré avec un élan unanime et incontrôlé. Mais je ne peux pas, je suis enchaîné à cette forme de vie. Je porte la croix de mon martyre, le poids de mes décisions. Il n’est pas improbable que ma situation administrative se dégrade : basculer dans l’illégalité, sans papiers, un étranger de plus en situation irrégulière. Que me conseille-t-on ? De poursuivre les études que je dédaigne, d’assister aux cours qui, plus qu’ils ne m’apprennent quoi que ce soit, m’inspirent un désir irrépressible de sauter par la fenêtre, de recourir au suicide comme solution. J’ai déjà échafaudé le récit fatal et irréalisable de ma mort en sautant par la fenêtre. Il est écrit dans le vaste coffre de mes textes non corrigés. Je ne le retrouve pas, je ne les retrouve pas. Ils ne sont pas infinis, mais à moi, avec mes limites humaines, ils paraissent innombrables. Je me fais à l’idée de les corriger, de m’asseoir à la table, devant l’ordinateur, et de me consacrer à la lecture de ce livre que je suis, parcourir les pages comme des sentiers de ma propre vie, revivre ce qui a été pensé, raviver le feu de mon impérieuse conscience. Vivre à partir de moi-même, car Cervantès n’a pas eu besoin de lire ses prédécesseurs pour écrire ce qu’il a écrit. Faire le travail de l’ouvrier, laisser l’artiste, l’écrivain qui écrit, dormir, se reposer, l’envoyer en vacances et faire le travail de l’artisan, du correcteur de l’œuvre comme si elle n’était pas la mienne, d’un œil vigilant et objectif. Ne pas craindre le correcteur, le laisser faire son travail comme bon lui semble et l’empêcher d’interférer avec le travail de celui qui écrit. M’accorder une trêve, mettre en pause, sans conflit, les livres qui de toute façon attendent sans impatience. Me laisser séduire par ce qui est écrit, par le travail déjà à moitié fait, faire un livre, le construire depuis ses fondations en classant chaque texte dans le dossier qui lui correspond. Je l’ai autant rêvé que pensé dans le demi-sommeil : j’ai fait la moitié du travail, j’ai assez de matière pour passer à une publication imminente. Cesser de corriger pour publier. Que disait la phrase sur la publication ? On publie parce que, sinon, on corrigerait l’œuvre jusqu’à la mort. J’écris parce que cela me plaît, je publie pourtant parce que les factures ne se paient pas toutes seules, que la nourriture n’est pas offerte dans les supermarchés, que la reconnaissance ne naît pas de ce qu’on garde pour soi, que ce qui demeure caché ne peut aspirer à sentir l’éclat lumineux d’yeux qui lisent, de lecteurs qui consomment ce qu’ils ont lu comme leur appartenant, partie indivisible de leur être. Être écrivain pour se multiplier, pour habiter d’autres consciences comme une forme irréversible d’immortalité. Ne pas rester seulement sur le papier, lettre morte, mais habiter le cœur battant des vivants, des lecteurs qui respirent, qui soupirent des mots, qui vivent ma vie aussi loin que leur éternité le leur permet. Quel chapitre du livre de ma vie fera sien ce texte ? Je consigne ici que la France prendra une décision qui aura valeur de sentence. Il n’y aura aucun moyen de convaincre les autorités administratives de régulariser mon séjour. On doit servir sa patrie, celle qui, bien qu’étrangère, est devenue comme la sienne. Si l’on n’est bon à rien, comme c’est mon cas, on me refusera l’entrée dans la société. On me dira adieu sans ménagement.


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