Un mero embate del azar que nos empeñamos en llamar destino.
Un simple assaut du hasard que nous nous obstinons à appeler destin.
Texto escrito hacia 2021 · Texte écrit vers 2021
Español — Version française ci-dessous
Nadie hubiese podido prevenirlo, darle el aviso de que cinco años se pasarían como pocos meses, fragmentos todos de unos años breves, sin darse cuenta de que la vida estaba de paso en esos traslados en tranvía, en autobús, en metro, en bicicleta o a pie. Toda la vida agotada en llegar a un lugar, en regresar a casa, repetir la operación cuantos días fuese necesario. La vida de un lado a otro, sin tiempo para detenerse a pensar si aquello era vivir, si sus traslados conformaban la vida, la infranqueable frontera entre lo que es y lo que hubiese sido. Nadie le dijo que iba a cambiar, a ser otro, a hablar como un extraño para quienes lo conocieron en aquellos años de búsqueda, amigos no presentes en sus años de formación, en estos cinco años pasados muy presentes en la vida de un escritor.
Diez libros para el viaje que se suponía iba a durar un año, sus grandes compañeros de alas infinitas, mariposas fluorescentes para dejarse guiar en un camino sin luces, en tinieblas. ¿Puede nombrar esos libros? Puede nombrar los autores: Roberto Bolaño, Dostoievski, Monsiváis, Octavio Paz, los más importantes. 2666 fue la novela del viaje, la que leía con poca luz durante el vuelo, durante el largo cruce por el Atlántico, el puente que unía dos fronteras, el ayer y el porvenir conjugados por la velocidad, por el sentirse todavía allá y no aquí.
Terminé de leer la novela una noche en mi buhardilla, en mi primera habitación de la vida, nueve metros cuadrados que se sentían por fin propios, silencio ininterrumpido, calma llevadera, la ausencia de interrupciones. Cuán afortunado me sentía, la noche como único testigo, la fecha del día anotada al final de las páginas y la sensación amarga, pensar que la novela está inacabada, que a Bolaño la muerte le impidió continuarla, vida y novela a medias, quizás un final anticipado, perfecto en sí. Yo no pensaba en mi muerte, la que no ha llegado, superviviente después de cinco años, la fecha clave. En aquel entonces eran lejanos, la previsión de un año estaba hecha, mi regreso planeado para cuando todo terminara, cinco años imposibles.
Imposible saber qué me hubiera deparado el regreso, los encuentros y desencuentros; las alegrías y las penas; los fracasos y los improbables éxitos. Necio pensar que todo estaría mejor, albergar remordimientos por lo que no fue. No me arrepiento, la vida que llevo está resguardada por una biblioteca sana, rebosante de vida y que crece a la medida de mi deseo. Cinco años de formación, del inicio de estas páginas hasta hace poco constantes. Nada llegó a su tiempo, no creo en la intervención divina, en los tiempos perfectos de Dios. Lo hecho ha sido a base de determinación, fruto de los acontecimientos, de las rupturas y desencuentros, del azar juguetón y caprichoso. Una cosa ha llevado a la otra, un dominó de probabilidades entre las que estaba la de ser escritor. Un mero embate del azar que nos empeñamos en llamar destino.
Yo podría haber sido cualquier otra cosa, ser nada como lo soy ahora, ser muy poco, pero sufrí un accidente, me encontré con el camino de los libros y éstos me hirieron de literatura. Primero lector y luego, como no siempre natural consecuencia, llegaron los deseos salvajes de escribir, el ansia crapulosa por contar mentiras, por escribir historias verídicas amparadas en la más cínica falsedad. Ser escritor, del sí o del no. Qué más da si se corre el riesgo de convertirse en un amanuense al estilo Bartleby, ser escritor, afirmarse como tal, para negarse a escribir.
He llegado a la escritura ya sin el riesgo del bloqueo, del no saber qué decir porque he aceptado que, en efecto, no tengo nada que decir. En estas memorias sin hilo, poco o nada hilvanadas, cuento mi vida sin acontecimientos, y si en ellas nada tengo que decir es porque no he querido decir nada, algo así dice la frase copiada a Pessoa, el plagio evidente, mi método más bárbaro para seguir la buena senda del escritor que me gustaría ser.
¿Qué soy? Difícil afirmarse como escritor entre extraños o conocidos sin detentar ningún premio, ningún galardón que me dé el nombre como tal, que me sirva de pase al gremio de los que escriben, una especie de diploma que acredite que soy escritor, que ya puedo decirlo a los cuatro vientos sin complejos, sin sentir que todo es mentira, que me he inventado el cuento perfecto para la novela de mi vida. Soy escritor, lo soy en privado y cuando alguien se toma el tiempo de leerme, de dar vida a las palabras en apariencia estáticas. Soy escritor cuando el que lee sonríe, cuando recuerda, cuando teme por el destino de un personaje implorando su salvación o su castigo, porque nada debería quedar impune o sin recompensa.
Grande satisfacción es saberse rodeado de amigos cuando se ha creado en la más absoluta de las soledades, prisionero de la fruición de un andar solitario, de la escritura y la lectura, actividades apegadas al silencio, a la calma, al pensamiento lento. Poco a poco vendrán los personajes, cuando me haya consagrado en el arte del manejo del lenguaje, poseedor de una prosa propia, bien cuidada, límpida y diáfana. Y con los personajes vendrán las historias que reclaman ser vividas por esos personajes clamorosos de vivir, de andanzas en mundos delimitados, complejos y maravillosos. La magia de la escritura, dar vida con palabras, dar cuenta de las luces y de las sombras, mundos verosímiles, salvajes en su concepción, entrañables.
Poco a poco, día con día, que de todas maneras el tiempo no dura lo que debería. Hoy es ayer como también puede ser mañana. Hoy es todos los tiempos, el pasado de la memoria y el porvenir de los anhelos y las esperanzas. Hoy es hace cinco años, una noche parecida en la que 2666 se me agotaba, me dejaba herido, consternado por la muerte que impide la realización de los deseos. Un día más de supervivencia.
Version française
Personne n’aurait pu le prévenir, l’avertir que cinq ans passeraient comme quelques mois, autant de fragments d’années brèves, sans qu’il se rende compte que la vie ne faisait que passer dans ces trajets en tramway, en bus, en métro, à vélo ou à pied. Toute la vie épuisée à se rendre quelque part, à rentrer chez soi, à répéter l’opération autant de jours qu’il le faudrait. La vie d’un côté à l’autre, sans le temps de s’arrêter pour se demander si c’était cela, vivre, si ses trajets constituaient la vie, l’infranchissable frontière entre ce qui est et ce qui aurait été. Personne ne lui avait dit qu’il allait changer, devenir un autre, parler comme un étranger à ceux qui l’avaient connu durant ces années de recherche, des amis absents de ses années de formation, de ces cinq années écoulées, si présentes dans la vie d’un écrivain.
Dix livres pour le voyage qui était censé durer un an, ses grands compagnons aux ailes infinies, des papillons fluorescents pour se laisser guider sur un chemin sans lumière, dans les ténèbres. Peut-il nommer ces livres ? Il peut en nommer les auteurs : Roberto Bolaño, Dostoïevski, Monsiváis, Octavio Paz, les plus importants. 2666 fut le roman du voyage, celui qu’il lisait sous une faible lumière pendant le vol, pendant la longue traversée de l’Atlantique, le pont qui reliait deux frontières, l’hier et l’avenir conjugués par la vitesse, par cette sensation d’être encore là-bas et pas ici.
J’ai fini de lire le roman une nuit dans ma mansarde, dans ma première chambre à moi, neuf mètres carrés que je sentais enfin miens, un silence ininterrompu, un calme supportable, l’absence d’interruptions. Comme je me sentais chanceux, la nuit pour seul témoin, la date du jour notée à la fin des pages et cette sensation amère, penser que le roman est inachevé, que la mort a empêché Bolaño de le poursuivre, vie et roman à moitié accomplis, peut-être une fin anticipée, parfaite en soi. Je ne pensais pas à ma mort, celle qui n’est pas venue, survivant au bout de cinq ans, la date clé. À l’époque, ces cinq ans étaient lointains, j’avais prévu une année, mon retour était programmé pour quand tout serait terminé, cinq années impossibles.
Impossible de savoir ce que m’aurait réservé le retour, les rencontres et les rendez-vous manqués ; les joies et les peines ; les échecs et les improbables succès. Insensé de penser que tout irait mieux, de nourrir des remords pour ce qui n’a pas eu lieu. Je ne regrette rien, la vie que je mène est à l’abri d’une bibliothèque saine, débordante de vie et qui grandit à la mesure de mon désir. Cinq années de formation, depuis le commencement de ces pages, régulières jusqu’à il y a peu. Rien n’est arrivé en son temps, je ne crois pas à l’intervention divine, au calendrier parfait de Dieu. Ce qui a été fait l’a été à force de détermination, fruit des événements, des ruptures et des rendez-vous manqués, d’un hasard joueur et capricieux. Une chose en a entraîné une autre, une cascade de dominos, autant de probabilités parmi lesquelles figurait celle de devenir écrivain. Un simple assaut du hasard que nous nous obstinons à appeler destin.
J’aurais pu être n’importe quoi d’autre, n’être rien comme je ne suis rien aujourd’hui, être bien peu de chose, mais j’ai eu un accident, j’ai croisé le chemin des livres et ils m’ont blessé de littérature. D’abord lecteur, puis, par une conséquence qui n’est pas toujours naturelle, sont venus les désirs sauvages d’écrire, l’envie crapuleuse de raconter des mensonges, d’écrire des histoires véridiques sous le couvert du mensonge le plus cynique. Être écrivain, du oui ou du non. Qu’importe si l’on court le risque de devenir un copiste à la Bartleby, être écrivain, s’affirmer comme tel, pour refuser d’écrire.
Je suis venu à l’écriture sans plus risquer le blocage, sans risquer de ne pas savoir quoi dire, parce que j’ai accepté qu’en effet je n’ai rien à dire. Dans ces mémoires sans fil, à peine ou pas du tout cousus ensemble, je raconte ma vie sans événements, et si je n’y ai rien à dire, c’est parce que je n’ai rien voulu dire, voilà à peu près ce que dit la phrase copiée à Pessoa, le plagiat évident, ma méthode la plus barbare pour rester sur la bonne voie de l’écrivain que j’aimerais être.
Que suis-je ? Difficile de s’affirmer écrivain parmi des inconnus ou des connaissances sans détenir aucun prix, aucune distinction qui m’en donne le nom, qui me serve de laissez-passer dans la corporation de ceux qui écrivent, une sorte de diplôme attestant que je suis écrivain, que je peux désormais le crier sur tous les toits sans complexes, sans avoir le sentiment que tout est mensonge, que j’ai inventé l’histoire parfaite pour le roman de ma vie. Je suis écrivain, je le suis en privé et quand quelqu’un prend le temps de me lire, de donner vie aux mots en apparence immobiles. Je suis écrivain quand celui qui lit sourit, quand il se souvient, quand il craint pour le sort d’un personnage en implorant son salut ou son châtiment, car rien ne devrait rester impuni ou sans récompense.
Grande est la satisfaction de se savoir entouré d’amis quand on a créé dans la plus absolue des solitudes, prisonnier de la jouissance d’un cheminement solitaire, de l’écriture et de la lecture, activités attachées au silence, au calme, à la pensée lente. Peu à peu viendront les personnages, quand je serai passé maître dans l’art de manier le langage, possesseur d’une prose à moi, soignée, limpide et diaphane. Et avec les personnages viendront les histoires qui réclament d’être vécues par ces personnages avides de vivre, d’errances dans des mondes délimités, complexes et merveilleux. La magie de l’écriture, donner vie avec des mots, rendre compte des lumières et des ombres, des mondes vraisemblables, sauvages dans leur conception, auxquels on s’attache.
Peu à peu, jour après jour, puisque de toute façon le temps ne dure pas ce qu’il devrait. Aujourd’hui est hier, comme il peut aussi être demain. Aujourd’hui est tous les temps, le passé de la mémoire et l’avenir des désirs et des espérances. Aujourd’hui, c’est il y a cinq ans, une nuit semblable où 2666 s’épuisait entre mes mains, me laissait blessé, consterné par la mort qui empêche la réalisation des désirs. Un jour de survie de plus.
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