Texto escrito en 2020.
Ya no sueño. Ya no guardo una pieza franca del recuerdo al despertar. Ya no los escribo por la misma somera razón. Mi mente se ha desplazado al abismo de lo fútil, a esa tierra infértil donde nada florece, un desierto ni siquiera apto para la contemplación. Soy un hacedor de rutinas, de singularidades, de estados superfluos del alma. Soy un instante alojado en la eternidad, paciente, pasivo, de ninguna forma hecho para la acción. Las últimas noches de sueño se lo dicen a mi subconsciente, duermo con el cuerpo tenso, con las manos en puño, como si tratase de no soltar la cuerda que me ha salvado, todos estos años, de caer más bajo. Estoy preocupado, no tengo certezas del porvenir. No sería libre de partir, con la cantidad de vida que tengo guardada en esta ciudad. Además de eso tengo las deudas económicas y de lealtad. Estoy atrapado en una vorágine salvaje, atroz, y si pudiese escapar lo haría mutilado en cuerpo y alma. Temo que deje de ser el hombre que dice NO, que niega lo absurdo del vivir pero que vive a expensas de esa conciencia de lo absurdo. Temo que la vida se bifurque y tome el camino hacia la luz como solución al problema no irremediable de vivir. Estoy atrapado en mi propia mediocridad, en el miedo a la renuncia de esta vida leve, con una libertad constreñida pero libertad mínima al fin de cuentas. Estoy viviendo sin reparos en las consecuencias de mis actos irresponsables. Estoy gastando, despilfarrando una fortuna que no tengo. Ese dinero, esa deuda se convertirá en mi perdición, en el agente oscuro de mi desdicha. No tengo nada; sin embargo, lo debo todo, debo el mañana, la comida que me llevaré hoy a la boca, el libro que estoy leyendo y la taza con el café de las mañanas. Vivo de objetos prestados, y temo que también mi vida sea un préstamo, que me será tomada para pagar las deudas monetarias. Mi vida no vale tanto y seguramente es prestada. Soy un ser irreparable, una conciencia maldita, no debí haber nacido, al menos no ayer y en aquel lugar. Alguien debió haber soñado un hombre distinto a mí, en algún lugar en las antípodas, en algún tiempo pasado o futuro, en un presente alejado hacia un lugar u otro. ¿Dónde estará mi vida, la que no fue y pudo haber sido? Renegar esta vida a partir del enigma no resuelto del camino no tomado. Querer ser escritor y no saber cómo llegar a serlo. Escribir, pero escribir no basta. Debo recorrer el camino de la corrección, de la relectura de mis textos olvidados. Trabajo que se asevera duro, complejo. Saber que tengo la vida para corregir la vida que me he escrito. Pero no sé qué puedo formar, qué clase de libro puede nacer de esa montaña enmarañada de oraciones confusas. Yo mismo las he escrito para legarlas a nadie. Todo lo que he escrito es nada, y le legaré esa nada a nadie. Imagino que soy un escritor póstumo, que solo la muerte me abrirá las puertas a la eternidad, a los lectores como puente entre las décadas futuras. Nadie se interesará por la obra de un escritor ya muerto. Nadie más es dueño de mis palabras, nadie sabrá con certeza lo que quise decir, lo que quise crear. Admitir que el escritor es el único artista que puede hacerse cargo de su obra. Se ha cumplido ya el año de mi escritura diaria, se ha cumplido el plazo que me di para revisar lo escrito. Ahora tengo que acoplar la corrección y la relectura de mis textos a mi actividad como escritor y lector. Puede ser que la obra y la corrección de lo escrito den paso a una escritura más creativa. Puede que eso haga falta para formarme como escritor: el trabajo de corregir y recopilar lo escrito.
Ya no viene nada, mis ideas se repelen unas a otras. No soy dueño de la inventiva, de la creatividad. No sé por qué antes podía escribir breves relatos y ahora no puedo escribir más que ideas al azar, presas del instante y liberadas en estas páginas que no volveré a leer en mucho tiempo. No sé por dónde empezar. He creado una carpeta para recopilar todos mis relatos y los intentos de cuentos. Hay mucho que no está terminado, mucho que no sabría cómo clasificar. No sé siquiera si podría hacer un libro con todo lo escrito. El desánimo y la falta de confianza acaban con todo intento por hacer algo con lo escrito. ¿A quién le interesan las tribulaciones de un hombre sin atributos? Espero la llegada del libro que me sirva como guía, que se parezca un mínimo a lo que yo he escrito. Tengo como ejemplo los diarios de diversos escritores, y tengo en la mente otros libros como ejemplo a seguir. Hacer que lo que escribo tenga valor literario y no solo sentimental. Todo esto es fruto de una leve perseverancia que no debería subestimarse. Es al menos testimonio de una vida que no ha pasado en vano, de una vida reflexiva, la vida que Sócrates recomendaba llevar a pesar de que él nunca escribió nada. Yo no llegaré a tanto, soy el personaje de mi cuento, un escritor sin oficio, escribidor de pensamientos y diarios íntimos. Esto es nada, es muy poco, y todo arte tiene la cualidad de no servir para nada. Es la sociedad avanzada la que le da un valor al arte, una sociedad que tiene tiempo para el ocio, para la contemplación. Mi empresa es descabellada, no seré merecedor de ningún premio, pasaré desapercibido en el mundo de los que juzgan, de los críticos. No debí haber nacido en aquella época y en aquel lugar. Quizás un entorno diferente, estimulante, me hubiese sido propicio para la creación temprana. Ahora ya es muy tarde, hace un año de escritura. ¿Cómo dejé que la vida se fuera leve, insípida, perdida en la memoria de los otros?
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