Habrá que ir directo a las raíces que me hagan comprender de dónde viene este sentimiento de aversión hacia el género humano. Me he sentido siempre un extraño entre multitudes, capaz de lidiar tan solo con una persona a la vez. No sé si tengo amigos; tampoco sé si me gustaría tenerlos ni si algo de esto me importa siquiera un mínimo. La animadversión que siento contra la gente empieza incluso con mi propia familia. Los únicos que pueden despertar algo humano en mí son mis padres, porque mis hermanos siempre han sido unos desconocidos en los que no puedo confiar. Sé que, con el paso del tiempo, toda relación con ellos se fugará tras la muerte de mis padres, que, en lugar de unirnos, nos separará de forma definitiva. Mamá y papá son las únicas personas con las que puedo contar; nadie más ha puesto tanto interés en mí dentro de esta vida y este mundo desgraciados.
Me apuro para escribir tres páginas, que no conforman sino unas líneas más de otra historia pasada y enterrada con el paso de los días. Ahora estoy creando desde la nada. El vacío es mi página en blanco y la motivación de escribir nace como antídoto ante la antipatía que siento por mí mismo y por los demás. Este momento de escritura tiene su razón de ser, pues forma parte de los cimientos de la llave que podría darme entrada en el séquito de escritores que viven de la ficción.
Has avanzado sin darte cuenta, pues escribir todos los días tiene por fin un sentido. Llegar a las palabras por medio de las teclas es un ejercicio que forma. Sin escribir no puedes llegar a ser escritor, así como, si no lees, no puedes darte el título de lector. Para muchos la vida puede transcurrir sin libros; a mí, los libros me han dado tiempo en lugar de quitármelo. Estoy vivo gracias a la ficción, pues, de no haber llegado a ella, seguramente habría llegado el hastío que me llevaría al suicidio.
Recuerdo que esto es algo muy parecido a lo que me dijo Rocío Suárez, mi profesora de música cuando era adolescente. Ella me dijo que sería una lástima que dejara la música, que, de hacerlo, mi vena artística no tendría cómo alimentarse y que esa falta de arte me llevaría a la muerte, a mi propia y personal muerte. No mentía al decir que la ausencia constante del arte podría llevarme al suicidio. Siento morirme cuando no encuentro una forma de expresar lo que siento, y esa salvación ha llegado con los libros. Ellos han alimentado todo este tiempo esa vena chupasangre.
La escritura le ha dado un nuevo alimento y, cuando las circunstancias me privan de mis momentos de soledad, me vuelvo un ser hosco y desalmado que no se preocupa más que de sí mismo y a quien la gente le provoca una sensación de odio extrahumano. El gran odio de los dioses por el género humano. Soy un misántropo con máscara, que hace creer al otro que puedo ser, de cierta forma, su amigo, cuando en realidad estoy pidiendo con desesperación un momento de soledad y de silencio. No pido la muerte, solo pido una vida de contemplación, y la verdad es que la gente no me ayuda a ello.
Por eso prefiero el aislamiento, aunque hoy he organizado una reunión con gente que conozco y otra que no conozco tan bien. No sé encontrar los motivos para sentirme así. Me emociona el contacto social con nuevas personas, pero a la vez lo desprecio. Cuando el momento pasa, me arrepiento de haberme puesto la máscara del ser social y empático, y me digo una y otra vez que será mejor estar solo en casa.
Ahora me dan ganas de escuchar un poco de música de flauta. Música llena de notas de nostalgia por una vida que no se dio. Una música que, así como provoca placer, provoca castigo, pues mis sueños pasados vuelven a tener forma en los del presente. Sin embargo, ya nada puede ser como fue en aquel tiempo. He dejado pasar poco más de una década, un tiempo muerto, diez años de oscuridad. ¿Cuándo llegará la luz? Soy el oscuro. Me he pasado una década dormido.
Más de diez años han pasado sin que yo escribiera todos los días. Al menos no existe el arrepentimiento por no haber leído durante esos diez años. Ese es mi consuelo: los libros que nunca se fueron y que me esperan pacientes en el librero. ¿Para qué queremos amigos si los libros pueden llenar una vida? En realidad, tener a los libros como amigos es ser amigo de los escritores. A mí me encantaría tener una amistad con los diversos autores que habitan mi biblioteca. Los libros nos permiten hablar con los vivos y con los muertos. A mí también me gustaría ser libro y ser un eterno amigo para mis lectores.
El día no basta para leer todo lo que se quiere. Al leer varios libros a la vez se corre el riesgo de que uno tome el lugar de otro y que libros que han comenzado a leerse primero terminen siendo leídos después o al final. He vuelto a mis comienzos como escritor con un libro de Gabo que me hizo dar una voltereta en el tiempo. El libro de cuentos de cuyo título no quiero acordarme incluye uno que me ha fascinado y que se llama «Blacamán el Bueno, vendedor de milagros».
Todo comienza con un narrador que cuenta las hazañas de Blacamán el Malo, quien aparece pidiendo a la multitud un animal ponzoñoso para dar prueba de un antídoto milagroso capaz de anular los efectos de cualquier veneno. Quien cuenta la historia es un hombre con cara de bobo que termina siendo vendido por su padre a Blacamán, pues este ve en él un gran talento. A pesar de sus intentos por obtener lo que el joven prometía, el tonto solo le hace pasar desgracias. Lo encierra en un calabozo y lo tortura durante meses, hasta que un día se revelan sus habilidades.
Blacamán el Bueno toma el lugar del Malo y hace milagros al por mayor. Con el paso del tiempo, que termina por envejecer y llenar de odio al Malo, se ingenia un último truco que lo llevará a la muerte. El Bueno se encarga de darle un velorio digno y una gran tumba en una colina que puede verse desde cualquier punto de la isla. Le compra un sarcófago elegante donde el Malo pueda descansar eternamente. Sin embargo, ese es el comienzo de su venganza. Al final, cuando el Malo yace enterrado, el Bueno lo revive dentro del ataúd, y así hasta la eternidad, pues Blacamán el Bueno es inmortal. Por los siglos de los siglos.
Vamos a ser sociales.
14 de septiembre de 2019
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