Lo importante nunca se cuenta. Yo no tengo nada que contar, pero tengo una vida, misma que pasa y en algún momento terminará como la del perro de la vecina que se lamenta día y noche por estar casi inmóvil atado a una reja. No tengo nada qué contar, tampoco tengo más lector que a mí mismo. Sin embargo, tengo deseos de escribirme, de pasar mi vida -por banal que sea- a papel y líneas.

Escribo y las palabras vienen sin mayor problema porque son producto de divagaciones, pero tengo palabras, dictadas o no por una musa que hace tiempo me abandonó y que no logra encontrarme en ninguna parte. Imagino este ejercicio de escritura como algo que leeré en un futuro -si acaso tengo un futuro- ya que de lo contrario estas líneas, fruto del tiempo libre, serán en vano.

Tercer párrafo y comienzo a creer que esto no tiene pies ni cabeza. Al menos tiene un inicio, como la vida misma, pero no tiene un final. Muchas veces pensé en esto: la escritura o la vida. La vida misma se escribe, se graba en la memoria y está llena de palabras que recrean imágenes. Sí, como cualquier novela. Volvamos al inicio, al comienzo del primer párrafo. ¿podríamos volver?

No tenemos verdaderos recuerdos de nuestra infancia, de nuestra juventud y mucho menos de lo que nos pasó ayer. Solo tenemos la imagen de un recuerdo. Nos dedicamos a recordar un suceso determinado en nuestras vidas, y ese recuerdo se transforma en una imagen -su apego a la realidad depende de la persona- y esa imagen es a la que volvemos cuando recordamos. No recordamos el momento en sí, recordamos la imagen del primer recuerdo. Quiero llegar a contar algo importante, y es lo que necesitaba decir en el primer párrafo.

Ricardo, sí, tú. Sí, yo. Guarda esto en tu memoria y regresa a este día como en el pasado, ese pasado que no pasa nunca. Recuerda esta noche lluviosa, donde los relámpagos acechaban por tu ventana. Esta noche tomaste una decisión importante, y esa decisión fue ESCRIBIR. Lo escribo en mayúsculas para resaltar el objetivo de esta página que hace unos momentos estaba en blanco. Ricardo, escribe. Da igual si no tienes algo qué decir o qué contar. Escribe lo que te venga a la mente. Deja marca del tiempo vivido, aquel que se va y no vuelve. Tienes el poder en tus manos de dejar marca y, por así decirlo, detener el tiempo. La vida se pasa sin que te des cuenta y con esto al menos pensaras que todo valió la pena, que nada de esto fue en vano. Al final la clave del éxito es la constancia. Haz de tu vida una rutina simple: duerme, come, lee, escribe y vive. Esto es lo básico e imperativo a realizar, las otras actividades son un extra, que siempre se puede realizar después de haber cumplido con tus obligaciones primeras. Ah, se me olvidaba, también respira. ¿acaso piensas en respirar? ¿no? Porque necesitas respirar para vivir. Lee y escribe porque de lo contrario te mueres, y no hay mejor ejercicio para alcanzar la inmortalidad.

Lee y regresa a estás paginas para contar lo leído y reflexionar lo leído. Juega con el lenguaje, juega con el ritmo y el estilo. Haz de tu vida una carta, una novela, un artículo científico o periodístico. Utiliza un género narrativo. Trata de imaginar lo que escribes de la misma manera en la que imaginas lo que lees. Atento, consigna importante: no te limites a un solo idioma. Escribe en tu lengua materna un día, el siguiente en francés e intenta con el inglés para que no lo pierdas. Al final puedes jugar con los idiomas de la misma forma que con el estilo. Escribe porque esa es tu vida, y la vida de un escritor es el mejor trabajo. Por el momento tú eres el único lector, pero quizás puedas tener uno o dos más. Tienes el requisito de las mil palabras como mínimo. Ese es tu ejercicio literario. Esa es la manera de crear el talento. Ahora te dejo -o me dejo- de escribir y comienzo con un pequeño párrafo narrativo.

La cirugía pasó sin complicaciones. La anestesia me sumió en un estado entre la muerte y el sueño. Dormía, cierto, y mi corazón latía, pero no podía respirar por mi cuenta. La nada comienza con un ardor en el brazo y después… nada. Desperté como quien regresa a la vida: desorientado y con una alegría inefable. Mi memoria funcionaba y muestra de ello es que, entre un balbuceo que para mí eran las más claras palabras, le decía a la enfermera que yo era Monsieur Valdemar, el personaje de un cuento de Edgar Allan Poe, que había muerto, y que, en lugar de hipnosis, la anestesia me había llevado y traído de vuelta para dar cuenta del lugar de donde nadie vuelve. Me había salvado, regresé y, contrario a la historia, mi cuerpo no se había vuelto cenizas.

Mi vida está llena de historias y en mi subconsciente soy cada uno de los libros que he leído, sumando cada uno de sus personajes. He vivido más de una vida, y muerto más de una vez. Vivo en la ficción, y por momentos no me doy cuenta cómo pasa mi propia vida. Los últimos días después de la cirugía, la etapa de recuperación, los he pasado entre cuatro paredes. Entre mis ideas sobre el futuro, pensando qué es lo que quiero de mi vida y cómo será el futuro en el que leeré estas poco más de mil palabras que se me terminan como una invitación a dormir y a vivir el siguiente día.

Lo importante nunca se cuenta. Y esta es mi vida, misma que no importa. Al final a esto estamos condenados, a vivir y a morir para contarlo. Esta es nuestra condena y la vivimos sin saber a qué estamos condenados.

Lyon, FR.

El calor de la noche se ha apagado/es el agua de lluvia que ha bañado las calles/y dejado su aroma de nostalgia/que mañana también se apaga.

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