Terapeuta.

Maria entró al edificio quince minutos antes. El calor del verano comenzaba a ser sofocante, por lo cual estar dentro de una sala con aire acondicionado era un alivio. Había tomado el tiempo necesario para llegar puntual. Salió de su casa y de manera enérgica caminó durante veinte minutos. De forma determinante había llegado hasta ahí, pero justo al entrar sintió cómo le sudaban las manos y cómo un frío irracional la ponía a temblar.

-Buenos días- dijo a la recepcionista, sintiendo que su voz se entrecortaba. Carraspeó-. Tengo una cita programada para las dos y media.

-Apellido, por favor- le respondió la mujer sin despegar vista del ordenador, como si no existiera.

-Alejo- le dijo María esta vez de manera clara.

-Ok, la sala de espera se encuentra en el segundo piso- la mujer seguía hablándole a la pantalla del ordenador. -al entrar tome asiento, el terapeuta la llamará una vez que esté listo.

Maria caminó hacia el ascensor sin darle las gracias. No podía creer por qué la mayoría de la gente tratara a los demás de manera tan impersonal. “De seguro no se dio cuenta en qué momento me fui” pensó. Presionó el botón para subir del ascensor, el cual tardó unos cuantos minutos en llegar. Al entrar María pudo ver al instante su reflejo en el espejo al fondo. Miró los pequeños detalles de su rostro en busca de alguna imperfección. Se miró las piernas. El vestido de flores que se había puesto le llegaba justo a las rodillas. Se sintió bien consigo misma, algo que no le pasaba frecuentemente. El ascensor todavía no subía. Maria se había olvidado de marcar el número dos.

Pensó que desde la mañana estaba muy distraída. Había olvidado el agua hirviendo en la estufa para preparar el café, tampoco había cargado la batería de su teléfono, por llegar a tiempo no había comido nada y justo ahora recordó que no le había dado de comer al gato. Dudaba si en algo le ayudaría tener un terapeuta de cabecera. “No creo que un psicoterapeuta pueda cambiar las cosas. Se deben afrontar internamente los problemas, vivir con ellos, no hay más solución que dejar que el tiempo pase” pensaba, hasta que la puerta del ascensor se abrió en el piso numeró dos y un bip la invitó a entrar a la sala de espera e interrumpir sus pensamientos.

Maria entró a la sala de espera. Una pequeña habitación con seis asientos alineados de dos en dos, uno al frente del otro, con una mesa al centro llena de revistas descontinuadas. Como no había nadie más pudo escoger con libertad donde sentarse. Tomó uno de los asientos frente a la pared, donde colgaba una gran pintura. Era en su mayoría en tonos grises: nubes, una pequeña casa al fondo, un gran lago oscuro y de perfil un niño llamaba la atención jugando con un globo rojo atado al brazo con un fino y casi imperceptible cordón dorado. El cuadro la hizo pensar por unos instantes en su infancia, en la casa de la abuela -donde no había ningún lago cerca- pudiendo sentir ese olor a mantequilla y azúcar por las mañanas. Maria, como el niño del cuadro, también jugaba sola.

La espera le parecía cada vez más larga. Miró su reloj. Aun faltaban diez minutos. Sacó de su bolso un pequeño espejo. Se retocó los labios rojos, se fijo en el color verde de sus ojos y se soltó el pelo para disimular el tamaño de sus orejas. “Esto me va mejor” dijo en voz alta justo cuando la puerta se abrió y escuchó su nombre. Se sonrojó, guardó el espejo. “No creo que me haya escuchado” se dijo a sí misma.

-Maria, mucho gusto- le dijo esbozando una sonrisa.

-Bienvenida, pasa, siéntete como en casa- le respondió el psicólogo, de manera seria pero cordial-. Me da mucho gusto que hayas vuelto.

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