Se creía una mujer distinta. Pero las palabras de sus padres no se le iban de la mente ni del corazón.
Elle se croyait différente. Mais les paroles de ses parents ne quittaient ni son esprit ni son cœur.
Español — Version française ci-dessous
Mujer temerosa de Dios, Elena siempre lo había sido. Cada mañana, antes de traspasar el umbral de la puerta, se persignaba. Su madre le daba también la bendición: con cuidado, hija, maneja despacito. Sí, mamá, no te preocupes. Ya dentro del auto, después de ponerse el cinturón, Elena se persignaba de nueva cuenta. Que nada malo le pase, Señor mío, pensaba la madre al verla partir.
Elena nunca dejó de creer. De adolescente leyó los libros que le prestaba Daniel, su novio. Dios no existe, lee este, te darás cuenta de muchas cosas. Ella leía unas páginas, a veces la mitad, cansada de no entender del todo. Para no devolver el libro tan pronto, se lo pasaba a su hermanito, lector ávido, pronto ateo convencido. Luego le contaba a Daniel lo que había leído. Quería que la quisiera también por su inteligencia. Dios seguía allí, sin embargo, en sus hábitos y en el miedo a la muerte que le habían infundido durante años.
Tampoco podía llevarles la contraria a sus padres. La religión era lo que tus abuelos nos enseñaron, hija, nuestra herencia, le decía la madre. Por amor a ellos, Elena escuchaba además cómo debía ser una mujer, cómo debía vestirse y presentarse ante los hombres. Una mujer no anda sola a altas horas de la noche, no deja entrar al novio a la casa mientras no sea su marido, dice que sí para no hacerlo enojar, pero no dice cuándo. Y, sobre todo, una mujer que no se casa fracasa. Soltera, divorciada o viuda, siempre le faltaría algo.
Fuera de casa oía otras cosas: que podía vivir a su manera, viajar, salir, conocer a quien quisiera. Se creía una mujer distinta. Pero las palabras de sus padres no se le iban de la mente ni del corazón. Por qué sales con tantos hombres, los vecinos hablan, decía su madre. Eso es lo que hacen las pirujas, decía su padre. Elena no sabía qué responder. Se le anegaban los ojos de lágrimas y el vientre de impotencia; les daba la espalda, azotaba la puerta y se envolvía entre las sábanas, el rostro hundido en la almohada, esponja de lágrimas y sueños. A la mañana siguiente salía de su cuarto con una grieta más en el corazón y el mismo amor por ellos. Eran sus padres. Ellos nunca la abandonarían.
Conoció a un hombre ocho años mayor que ella, aunque no los aparentaba. Guapo, cordial, un caballero; ingeniero graduado de una escuela prestigiosa, con un buen trabajo, una familia ejemplar y un perfume que Elena reconocía antes de verlo llegar. Él lo tenía todo. Elena se enamoró hasta lo inevitable. Con él podría formar la familia que sus padres deseaban para ella. Ya no estás en edad de andar buscando novio, hija, los años pasan, una mujer mayor ya no es material para buena madre. Creía que esas palabras no le hacían mella, que ella se mandaba sola.
Esperó a que él le propusiera matrimonio. Pasó el tiempo y la propuesta no llegaba. Sus padres preguntaban; ella fingía que no tenía prisa. Entonces supo que él salía con otra mujer. Lo dejó. No puedo perdonarlo, no va a cambiar, les dijo a sus amigas, y ellas estuvieron de acuerdo. Su madre, en cambio, le pidió que lo pensara: los hombres se equivocan, hija, dale una oportunidad.
Semanas después él volvió con flores. No lo volveré a hacer, a ti es a quien quiero. Elena aceptó las disculpas. Durante las noches intentaba borrar la huella de la traición y pensaba en una forma de que él se comprometiera en serio. La caja de píldoras quedó sobre la mesa. No fue un olvido: quería un hijo y quería que él se quedara. Sabía que no eran la misma cosa, pero en aquel momento no quiso distinguirlas.
Unas semanas más tarde estaba embarazada. Él se dijo que debían casarse; la galantería no le aconsejaba otra cosa y ya tenía la casa lista. Se casaron pronto, antes de que el embarazo se notara demasiado. La ceremonia fue en casa, sobria, con no más de veinte invitados. Sus padres estaban satisfechos: por fin se nos ha casado, por fin va a sentar cabeza. Elena quería creer que el matrimonio podría con todo. La duda, como su creencia en Dios, permanecía allí.
Nació una niña hermosa. La llamaron Victoria.
Durante un tiempo Elena creyó que había empezado otra vida. Su marido, sin embargo, no había cambiado. Se dedicó al lento arte del engaño, al juego de enamorar a cuanta mujer se cruzaba en su camino, mujeres como instantes, mientras en casa lo esperaban Elena y la niña. Cuando decidió divorciarse, ya no pidió a nadie que le dijera si hacía bien.
Regresó con Victoria a casa de sus padres. Su madre abrió la puerta y miró primero a la niña. Su padre las recibió en silencio. Las ayudaron a instalarse en el cuarto de Elena, donde aún estaba la cama de siempre. Podrías reconsiderarlo, dijo su madre cuando dejaron la cuna junto a la ventana, hazlo por Victoria, una niña necesita a su padre. Elena conocía aquellas palabras. Había crecido entre ellas, había vuelto con un hombre por escucharlas y había confundido durante mucho tiempo su propia voz con la de sus padres. No voy a volver con él, dijo. La frase le tembló en la boca. Su madre bajó la mirada hacia la cuna; su padre no dijo nada. Elena cerró la puerta del cuarto con cuidado de no despertar a Victoria.
Entonces se le anegaron otra vez los ojos de lágrimas y el vientre de impotencia. Del otro lado seguían las voces de sus padres. Los quería, todavía los quería. Acercó la cuna a su cama. Victoria dormía con una mano fuera de la manta y Elena la tomó entre las suyas. No sabía cómo iba a vivir ni cuánto tardaría en dejar de oír aquellas voces. Pero aquella noche no abrió la puerta.
Texto escrito en 2021.
Version française
Elena avait toujours été une femme qui craignait Dieu. Chaque matin, avant de franchir le seuil de la maison, elle se signait. Sa mère lui donnait aussi sa bénédiction, fais attention, ma fille, conduis doucement. Oui, maman, ne t’inquiète pas. Une fois dans la voiture, après avoir bouclé sa ceinture, Elena se signait de nouveau. Pourvu qu’il ne lui arrive rien, mon Dieu, pensait sa mère en la regardant partir.
Elena n’avait jamais cessé de croire. Adolescente, elle avait lu les livres que lui prêtait Daniel, son petit ami. Dieu n’existe pas, lis celui-ci, tu comprendras bien des choses. Elle en lisait quelques pages, parfois la moitié, lasse de ne pas tout comprendre. Pour ne pas rendre le livre trop vite, elle le passait à son petit frère, lecteur avide, bientôt athée convaincu. Puis elle racontait à Daniel ce qu’elle avait lu. Elle voulait qu’il l’aime aussi pour son intelligence. Dieu était toujours là, pourtant, dans ses habitudes et dans la peur de la mort qu’on lui avait inculquée pendant des années.
Elle ne pouvait pas davantage contredire ses parents. La religion, c’était ce que tes grands-parents nous ont enseigné, ma fille, notre héritage, lui disait sa mère. Par amour pour eux, Elena écoutait aussi ce qu’une femme devait être, comment elle devait s’habiller et se présenter devant les hommes. Une femme ne sort pas seule tard le soir, ne laisse pas entrer son petit ami à la maison tant qu’il n’est pas son mari, dit oui pour ne pas le mettre en colère, mais ne dit pas quand. Et surtout, une femme qui ne se marie pas a raté sa vie. Célibataire, divorcée ou veuve, il lui manquerait toujours quelque chose.
Hors de la maison, elle entendait autre chose : qu’elle pouvait vivre à sa manière, voyager, sortir, rencontrer qui elle voulait. Elle se croyait différente. Mais les paroles de ses parents ne quittaient ni son esprit ni son cœur. Pourquoi sors-tu avec tant d’hommes, les voisins parlent, disait sa mère. C’est ce que font les traînées, disait son père. Elena ne savait que répondre. Les yeux se remplissaient de larmes et le ventre d’impuissance ; elle leur tournait le dos, claquait la porte et s’enroulait dans les draps, le visage enfoui dans l’oreiller, éponge de larmes et de rêves. Le lendemain matin, elle sortait de sa chambre avec une fissure de plus dans le cœur et le même amour pour eux. C’étaient ses parents. Eux ne l’abandonneraient jamais.
Elle rencontra un homme qui avait huit ans de plus qu’elle, même s’il ne les faisait pas. Beau, cordial, un gentleman ; ingénieur diplômé d’une école prestigieuse, avec un bon travail, une famille exemplaire et un parfum qu’Elena reconnaissait avant même de le voir arriver. Il avait tout. Elena l’aima jusqu’à l’inévitable. Avec lui, elle pourrait fonder la famille que ses parents souhaitaient pour elle. Tu n’as plus l’âge de chercher un petit ami, ma fille, les années passent, une femme plus âgée n’a plus ce qu’il faut pour être une bonne mère. Elle croyait que ces paroles ne l’atteignaient pas, qu’elle décidait seule de sa vie.
Elle attendit qu’il la demande en mariage. Le temps passa et la demande ne venait pas. Ses parents posaient des questions ; elle faisait semblant de ne pas être pressée. Puis elle apprit qu’il voyait une autre femme. Elle le quitta. Je ne peux pas lui pardonner, il ne changera pas, dit-elle à ses amies, et elles furent de son avis. Sa mère, en revanche, lui demanda d’y réfléchir, les hommes font des erreurs, ma fille, donne-lui une chance.
Quelques semaines plus tard, il revint avec des fleurs. Je ne le referai plus, c’est toi que j’aime. Elena accepta ses excuses. La nuit, elle essayait d’effacer la trace de la trahison et cherchait comment l’amener à s’engager pour de bon. La boîte de pilules resta sur la table. Ce n’était pas un oubli : elle voulait un enfant et elle voulait qu’il reste. Elle savait que ce n’était pas la même chose, mais à cet instant elle ne voulut pas faire la différence.
Quelques semaines plus tard, elle était enceinte. Il se dit qu’ils devaient se marier ; la galanterie ne lui conseillait rien d’autre, et la maison était déjà prête. Ils se marièrent vite, avant que la grossesse ne se voie trop. La cérémonie eut lieu à la maison, sobre, avec une vingtaine d’invités tout au plus. Ses parents étaient satisfaits, notre fille est enfin mariée, elle va enfin se ranger. Elena voulait croire que le mariage viendrait à bout de tout. Le doute, comme sa croyance en Dieu, était toujours là.
Une belle petite fille naquit. Ils l’appelèrent Victoria.
Pendant quelque temps, Elena crut qu’une autre vie avait commencé. Son mari, pourtant, n’avait pas changé. Il se consacra au lent art de la tromperie, au jeu de séduire toutes les femmes qui croisaient son chemin, des femmes comme des instants, tandis qu’à la maison Elena et la petite l’attendaient. Quand elle décida de divorcer, elle ne demanda plus à personne de lui dire si elle avait raison.
Elle revint avec Victoria chez ses parents. Sa mère ouvrit la porte et regarda d’abord la petite. Son père les accueillit en silence. Ils les aidèrent à s’installer dans l’ancienne chambre d’Elena, où se trouvait encore le même lit. Tu pourrais revenir sur ta décision, dit sa mère lorsqu’ils posèrent le berceau près de la fenêtre, fais-le pour Victoria, une petite fille a besoin de son père. Elena connaissait ces paroles. Elle avait grandi parmi elles, était retournée auprès d’un homme pour les avoir écoutées et avait longtemps confondu sa propre voix avec celle de ses parents. Je ne retournerai pas avec lui, dit-elle. La phrase trembla sur ses lèvres. Sa mère baissa les yeux vers le berceau ; son père ne dit rien. Elena ferma la porte de la chambre en prenant garde de ne pas réveiller Victoria.
Alors les larmes lui montèrent de nouveau aux yeux, l’impuissance au ventre. De l’autre côté, ses parents continuaient de parler. Elle les aimait, elle les aimait encore. Elle rapprocha le berceau de son lit. Victoria dormait, une main sortie de la couverture, et Elena la prit entre les siennes. Elle ne savait pas comment elle allait vivre, ni combien de temps il lui faudrait pour cesser d’entendre ces voix. Mais cette nuit-là, elle n’ouvrit pas la porte.
Texte écrit en 2021.
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