Antes y Après.

Bueno, la verdad es que no estoy haciendo gran cosa. Desde hace tiempo me comprometí a escribir todos los días como si mi existencia dependiese de ello. Me lo propuse tantas veces que intenté planear mis sesiones de escritura en una agenda en mi tiempo libre de trabajo o actividades académicas. Pero todo fue un fracaso. Hay un miedo indescriptible que se aloja dentro de mí, que me dice que nada bueno saldrá de pasar unas horas dando golpecillos a las teclas de un ordenador, que el tiempo de lectura es más apremiante que el tiempo de intención creativa. Incluso evito leer libros que me invitan escribir, aunque mis ganas de leerlos sean infinitas, siempre los dejo, irreprochablemente, para después. No me siento listo de tomar al toro por los cuernos, o en este caso, al ordenador por las teclas.

Contaré lo sucedido durante los últimos días, que forman parte de una semana o dos, o incluso meses de darle vueltas en mi cabeza a la misma idea. En cierta manera todo comienza por una sonrisa, y claro, una mirada que la conecta. El placer de no conocer es alguien radica es su incomprensión, en la sutil lejanía que separa el momento adecuado para pronunciar una o dos palabras que lleven a una conversación más o menos decente. Para esto se necesita libertad, pues el compromiso nos inhibe, convirtiéndonos en una especie de tímidos patológicos, a los que nadie quisiera hablar por el miedo desencadenar un momento incómodo.

Ella no tiene nombre, por casi no conocerla, así que la nombraremos con tan solo una inicial, que por coincidencia es la primera letra del alfabeto: A. Primera y última experiencia.

Esta letra podría nombrar a dos personas distintas, pero que tienen una relación común, pues ambas, hasta el día de hoy, se han quedado en un futuro imaginario. A la primera, si así podemos considerarla, pierde su encanto gracias a su levedad. La segunda tiene todavía una presencia más intensa, como el aroma de una infusión de naranja y canela en la víspera del invierno. Tan solo su nombre se traduce en un color y aromas distintos. También ella se traduce en imposibilidad, en una relación al estilo platón.

A. y A. sin orden aparente, y con terminaciones distintas, me han tenido como tema de conversación, lo cual hace que pierda cierta intimidad, haciendo del fuero común lo que para mí debe estar en el ámbito de lo privado. Puede que con seguridad piensen que para mí la seducción es un juego, cuando en realidad es la más seria de las actividades que considero lúdicas. No me lo tomo a la ligera, cuido con mesura cada uno de sus pasos, y como si se tratase de una religión la llevo a cabo con el fervor más fanático posible.

A. la segunda o la primera, el orden no importa, no me dejó conocerla. O algún extraño pudor en ella no dejó que yo descubriese quién se ocultaba detrás de tan distintas y por momentos transparentes máscaras. Creo que con la primera A. tenía un problema de comprensión. A pesar de que hablaba mi lengua materna, no me leía de la misma manera en que yo le escribía. Pero había tanto que no me decía cuando de lejos me miraba. Se ocultaba en las apariencias, y no puedo negar que yo también lo hacía. La seducción era nuestro juego privado, y no dejaría que nadie se diera cuenta de lo que decíamos y a la vez ocultábamos con tan furtivas miradas. Hay algo que me dejó entrever: una dualidad de mujeres que encarnaba a conveniencia. Por un lado, me dijo que tenía un lado adorable, y que por otro tenía instintos perversos y oscuros. Creo que ésta era ella sin máscaras, la mujer perversa que me miraba con sus ojos claros, pero con oscuras intenciones. También yo portaba mi máscara con fervor, y mis intenciones eran incluso más oscuras que las suyas. Estaba dispuesto a descender junto a ella a las tinieblas, ciegamente.

La segunda A., aunque también podría ser la primera, apareció de forma imprevista. Es del tipo de mujer de la que podría enamorarme, y dejar el juego de la seducción de lado para jugar al amor, y terminar seriamente perdido. A ella la conozco todavía menos, y quizás esto no cambie. Hablar con ella ha trascendido lo banal. Nos hemos encontrado mutuamente en las letras. Los libros han sido excusa perfecta para intercambiar más de una opinión. Esta es mi manera de entrar poco a poco en ella, de estar en su mente de manera fugaz y profunda. De no irme tan fácilmente, quedarme, aunque sea en el frágil papiro de la memoria.

Existe un miedo aparente, el de volverme viejo. No lo digo en el sentido inevitable, donde los años se suman uno a uno hasta hacer estragos en nuestro cuerpo, sino en volverme viejo para los demás, para esa generación más joven que me llamará señor no por una admiración o un respeto aparentes, sino por la incapacidad de ser comprendido, por simple lástima.

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