Imágenes.

Te escribo desde el rincón más tranquilo de la casa: los libros. Con un librero de guardaespaldas donde se han acumulado tres años de mi vida en Francia. Éste mismo se encuentra al lado de la ventana, desde la que se puede ver la Tour Eiffel -la de Lyon- considerablemente más pequeña, pero que por momentos da la cálida impresión de que se vive ahí, en la ciudad que para Hemingway era una fiesta. Al lado de la impostora torre se ve también una catedral que se ilumina cada noche como la luna, y justo enfrente de este viejo edificio -construido a principios del siglo XX- desde la ventana del departamento en el cuarto piso, se puede ver un árbol gigantesco que, durante el verano con su renovado follaje se empecina en llamar la atención y difuminar la blanca y nocturnamente luminosa catedral. El gran árbol con sus ramas secas me puede ver a mí, sentando frente a mi ordenador, entre un libro de Onetti y mi diario de lecturas, donde ahora tú también me puedes imaginar.

Por cierto, la novela de Onetti se llama La vida breve, como todas las vidas… el aroma a cafe me ha interrumpido el deseo de escribirte, y camino entre la sala y la cocina con una taza humeante… listo, ahora podemos continuar.

Tengo que admitirte que he leído tu carta justo ahora, con la taza de café entre las manos. Había visto en mi buzón las primeras palabras, pero había dejado pasar los días para leerte en calma. El final se ha vuelto el inicio: yo también sonrío inesperadamente, porque sé que mis cartas llegan, y que esto no es tan solo otro de mis muchos monólogos. El placer del texto. El placer de leerte.

El clima aquí se ha vuelto inesperadamente frío -para mí, por no tener el hábito malsano de prever el futuro con las predicciones del clima- y como consecuencia llevo más de tres días enfermo. Tres días en que mi salud y yo vivimos separados, pero con señales de una reconciliación inminente. Me alegra que para ti los días sean en su mayoría más cálidos, sin duda una de las ventajas de México y sus costas. El brillo del sol deja poco espacio para la nostalgia, así se vive un poco más cerca de la felicidad.

Petricor me parece un adjetivo ajeno. Para mí el olor de la lluvia tiene un aroma inefable. Un olor que se queda en el recuerdo, inconfundible. Para qué darle un nombre especifico al olor de la lluvia, si lo que viene con él es algo imposible de expresar con palabras. Basta decir que muchos de nuestros momentos juntos están impregnados con ese aroma.

Al parecer el cartero se ha robado el dibujo. Tu carta me llegó en una sola página blanca, sin ninguna otra adjunta. Espero que el original lo guardes contigo, de lo contrario tendré que hacer una reclamación en la oficina virtual de correos.

Qué difícil puede ser hacer un retrato fiel de nosotros mismos. Hay tanto que el espejo nos oculta, y la mayoría del tiempo miramos con más atención a los otros. Somos un rostro distinto a partir de la gente que nos conoce. Somos muchos, y al mismo tiempo uno solo. Yo sigo pensando que el yo de las fotos, y el reflejo del espejo soy muy distintos a mí. También me veo en el reflejo de mis textos, y me digo que no fui yo quien los escribió, quizás porque mis fotos, reflejos y escritos se quedan en el pasado, y al final me olvidó de ellos. «Soy un fue, y un será y un es cansado».

Creo que eso tienes razón. Todos estamos incompletos. Vivir es una eterna falta. Una difícil búsqueda por encontrar la mitad de nosotros mismos. Sin embargo, el paso de los años hace que una de las mitades se agrande, y que tengamos que buscar una mitad que encaje en ese rompecabezas incompleto que será nuestra vida. Vivir es la eterna búsqueda, y nos perdemos porque una sola vida no basta.

La inspiración tiende a debilitarse, pero por fortuna se fortalece con cada libro leído, y con cada carta respondida. Me gusta pensar que al menos con esto escribo la novela de mi vida, y que al final nada de lo que me pasa es en vano, aunque no siempre cuente todo de mí. Siempre hay algo que no se dice, un rincón de impunidad para el escritor.

Estas cartas son el mejor remedio contra la distancia. Nos acercan más, a diferencia de la mensajería instantánea que en lugar de unir termina por destruir el frágil puente que alguna vez nos unió. Los instantáneo es efímero. Tiene más valor escribir una carta durante una hora, por la tarde, que escribir un mensaje fútil entre la multitud y la escasez del tiempo.

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