Tiempo asesino.

Cómo narrar lo cotidiano. Cómo tener un tema distinto para cada día si la vida se llena de lo que nos parece monotonía. Pero nos gusta engañarnos. Ningún día es igual a otro, aunque éstos se repitan cada semana. Un lunes, un martes, un miércoles, un jueves, un viernes, un sábado y un domingo. Y volvemos a empezar. La rutina llega con los años. La responsabilidad es monotónica. Hacerse responsable de uno mismo y de alguien más conlleva una condena con la que forzosamente hay que vivir a no ser que se quiera renunciar a la vida. Entonces aquí es cuando resulta más sencillo morirse. Pero ¿para qué? Si la muerte debe estar llena de lo mismo, del silencio, del vacío. La nada. El tiempo infinito. Ah, ese asesino silencioso. ¿cuántas vidas se ha cobrado? Y nadie ha podido ponerle un alto. Es por eso por lo que el suicidio debe ser la anarquía por excelencia. No dejarse gobernar por nadie, siendo dueño de nosotros mismos hasta que también nosotros lo decidamos. Pero justo en el momento en que decidimos ponernos la soga al cuello, o dispararnos con un arma, o tomarnos un puño de pastillas o litros de substancias tóxicas, perdemos el control de nosotros mismos, y dejamos que el tiempo venga y nos mate de todos modos. Porque también el tiempo controla la muerte. Nos podemos morir lenta o rápidamente. Y vaya que eso queda lejos de nuestras manos. Lo mejor es morirse cuando ya no nos quede otro remedio, y aceptarlo como dueños de nosotros mismos. Dueños de nuestra vida.

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