16 de mayo.

Debo admitirlo, el placer que me provoca leerte es inefable. Cuán distinta me resultas ahora. Como un personaje que va adquiriendo cada día más vida te vuelves más compleja y en eso radica tu belleza. Hace unos días cree un personaje mezclando realidad y ficción, y hace unos momentos intenté traerlo a la vida poniéndolo en una situación particular. Leerte me hace querer que mi personaje tenga tanta vida como tú. Poder crear un personaje a partir de palabras provoca una emoción indescriptible. Creo que esto es lo que llegan a sentir tantos escritores, ver cómo los personajes nacen y adquieren una vida propia ajena al escritor.

Mi entorno es de absoluto silencio. Cuatro paredes con única ventana hacia la realidad. Lo único que por ahora puedo escuchar es el paso de los autos. La noche parece absorber el ruido. Pienso que cada noche se libran pírricas batallas y que el día es el que termina venciendo a la penumbra. Me gusta la noche, y me gusta sentirme ausente. Nuestra relación epistolar no me da miedo. Me gusta tener un motivo para escribir todos los días. Y es así como me dejo llevar por el rio de las emociones y los sentimientos, sin cuidar mucho lo que digo. Sin embargo, sé que yo también me oculto tras diferentes máscaras. Sin darme cuenta creo barreras invisibles hacia mi verdadero yo. ¿de dónde nace esa falta de confianza?

Nunca me he preguntado por qué me gusta escribir o leer. La lectura es una práctica que se hizo recurrente en mí de manera tardía. Tenía catorce años y un libro de Eduardo del Rio, sobre la revolución mexicana, me abrió la puerta hacía un mundo que desconocía. Desde ese momento no he dejado de leer, maravillado ante ese diverso mundo de las letras que se acaba con la vida. No tuve libros en mi tierna infancia, y en ese tiempo mis lecturas rondaban temas como la historia de México, la filosofía, la política, entre otros. En poco tiempo de lectura pasé de ser católico a un ferviente ateo, que afirmaba la inexistencia de Dios en intensos debates con mis compañeros de secundaria. Debo decir que poco después, mi conciencia atea, me causó problemas familiares. Mi familia hasta ahora sigue siento católica y yo sigo siendo la oveja negra y liberal.

El placer por la escritura llegó mucho después, alrededor de los 18 años. Y es lógico, un ferviente lector termina por querer escribir. Se llega al punto en que lo que leemos no nos satisface de la misma manera que al inicio, y se comienza a escribir por cuenta propia. Yo comencé siendo poeta, y hasta muchos años después comencé a escribir ficción. Pienso que ambas actividades -leer y escribir- las comencé tarde. Quizás ahí nace mi miedo a la página en blanco. Pero, pese al temor de no tener talento, sigo escribiendo, y es hasta ahora que lo estoy haciendo de manera recurrente. Quizás algún día, con el tiempo y la práctica suficientes, pueda convertirme en escritor. Un oficio que no se obtiene al terminar la universidad.

Tú también le temes a la muerte. Nunca se vive lo suficiente. Puedo asegurarte de que una persona de noventa años todavía puede sentir ganas de vivir. En general nadie quiere morirse, es el desgaste del cuerpo, las enfermedades y ver morir a nuestros seres queridos lo que nos lleva a la resignación, a decir que ya fue suficiente. Hay algo en lo que tú y yo coincidimos: vivir tanto como sea posible. Por el contrario, yo no tengo muchos límites morales, por lo que muchos podrían considerarme un egoísta o hasta un psicópata. Le realidad es que no puedo dejar ir una oportunidad, pese a las consecuencias que traiga consigo.

Yo nunca me he sentido identificado con mi generación. Leer me cambió drásticamente, y me hizo un ser distinto, y nada me unía a la gente que me rodeaba. Esto me llevo a estar cada vez más solo, y no era algo que me molestase. En los recesos, cuando los demás jugaban, yo utilizaba el tiempo para leer. Siempre llevaba un libro conmigo, lo terminaba y tenía otro listo para recomenzar. Gran parte del dinero que mis papás me daban, y el que ganaba trabajando, iba a parar a las cajas de las librerías. En ese tiempo vivía para encontrar un libro. Creo que eso no ha cambiado gran cosa, pues vivo todavía rodeado de ellos.

Durante los años de mi adolescencia fui como tú: sentía que nadie me entendía, que yo era muy distinto. La sociedad en la que vivía me rechazaba por ser diferente, pero a mí la literatura me dio respuestas, y también me dio amigos. Los personajes de las novelas que leía eran muy parecidos a mí. Me di cuenta de que no era el único, que al menos en la literatura existían seres con características similares a las mías, y que podía formar parte de ese mundo. Quizás esto responde por qué me gusta leer. Debe ser un proceso de socialización literario, lo que me lleva a vivir en la ficción.

Yo siempre tuve la libertad de elegir. Sin embargo, llegar a Francia fue liberador. Por fin pude tener independencia. Además, Paris es una fiesta, y para cualquier escritor, la ciudad de las luces es la puerta al mundo de las letras.

Mi concepción de la realidad está muy ligada a la ficción. Sigo creyendo que puedo llegar a vivir las historias que he leído. ¿o las he vivido? Me gusta pensar que soy una mezcla de todos los libros que he han pasado por mis ojos, y que mi experiencia no radica totalmente en lo real, sino que he vivido más de una vida.

Esas pequeñas, y a su vez, maravillosas cosas que la vida tiene para ofrecernos es lo que se llama felicidad. Y la felicidad son sólo unos cuantos instantes de alegría.

¿Hasta qué punto eres real?

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