El gato.

Al gato lo tengo metido en el subconsciente. Tal parece que esa inofensiva y afable bola de pelos, que duerme siempre apacible aquí y allá, es en realidad un ser maligno que como venganza destroza el apartamento tanto en mis sueños como en la realidad. Esta vez, durante una siesta involuntaria al medio día, lo escuché merodeando en la toilette, seguramente a la búsqueda del escurridizo y villano papel de baño para desgarrarle las entrañas y esparcirlas por todas partes en señal de victoria; o quizás dando caza segura a la inmóvil pero siempre amenazante escobilla del cuarto de baño. Me levanté furioso por el ruido que ponía fin a mi innecesaria siesta, con la intención de evitar una tragedia higiénica. Al escuchar mis pasos el criminal gato intentó darse a la fuga, pero lo acorralé cerrando la puerta con un astuto puntapié. Al adentrarme cuidadosamente para evitar su escape, lo tomé rápidamente del cogote para contenerlo y reprenderlo por su natural salvaje e inapropiado comportamiento. Para mi sorpresa y alivio del papel de baño y utensilio varios, el maligno en realidad se había dedicado a una metódica y vasta actividad de marcaje. Exageraría un poco al decir que aquello parecía una piscina amarillenta, pero no podía imaginar que todo ese vital líquido había sido obra de un solo malfaiteur. Después de proferir el justo regaño a la bola de pelos, y prepararme mentalmente para contener la inundación, me desperté. El gato también dormía la siesta, seguramente soñaba con un rollo de papel hecho trizas.

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