Jueves

Me desperté tarde, como siempre, a pesar de mi batalla contra la costumbre de renunciar al amanecer de cada día. Cada noche me repito lo mismo, no dejes morir el tiempo de silencio en la madrugada. Pero nunca soy constante. Me despierto después de las ocho de la mañana, contento, a pesar de que, si bien no me levanté horas antes, al menos tengo el día enteramente libre para desperdiciarlo como me plazca. Los días no se aprovechan, cada uno se va a la basura a su manera. Tiempo perdido de todas formas. Lo primero que escucho, todavía entre el sueño y la vigilia es el ruido de la calle. El camión de la basura que pasa cada tercer día y la música estridente de los contenedores cayendo al piso después de ser vaciados. Más cerca, escucho al gato en su vano intento por abrir la puerta, que se traduce en un llamado hambriento. El animal no tolera muchas horas sin comer. Es ella quien lo alimenta gran parte de la semana -una cantidad no medida de croquetas que termina por engordarlo más que nutrirlo-. A cambio yo soy el que cocina. Mi primer reflejo por las mañanas no es quedarme viendo al techo como lo hacía cuando era niño, sino que tomo el teléfono para ver qué regalo en forma de información me ha llegado durante la noche. Nada. Me pongo a jugar una partida rápida de ajedrez que durará al menos quince minutos. Más tiempo que perder. Ella hace lo mismo, se deja llevar por las infinitas distracciones en la pantalla. En lugar de un beso de buenos días, nos gusta despertar con una dosis de redes sociales, como si tenernos no nos bastara.

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