Condena

Miserables los que huyen

aquellos que temen a la vida

que desde su nacimiento la miran con despecho.

Ellos, que se esconden detrás de los escombros de la soledad

miran cómo la vida pasa entre las sombras de sus miedos

y mueren solos.

Todo comienza por azar, aunque los ingenuos piensen que todo tiene sentido, que la existencia lo tiene, pensando que sus miserables vidas todavía tienen algún motivo o una razón de ser. Como si la existencia estuviera regida por fuerzas misteriosas que mueven hilos invisibles en el mundo de la casualidad. Yo podría culpar a esos titiriteros por cada uno de mis fracasos, yo podría hacerlos responsables de mi desdicha, de la mísera vida que he llevado. Tengo que admitir, no siempre fui un malaventurado encerrado en esta casa, única testigo de mi vida. Hubo una época en la que fui feliz, aquella época en la que no tenía conciencia de quién era y mucho menos de quién quería ser. Esos tiernos años que no le tienen temor a la muerte, esos momentos en que la vida no parecía tener final. Sí, fui feliz hasta que fui consciente de mi condena.

Vivía pensando que mi muerte podría llegar en cualquier instante, que mis días estaban contados y que eran pocos. Mi desventura continuó durante años. El tiempo pasaba y a veces creía que la muerte me había olvidado. Evitaba en lo absoluto salir de casa, desdeñaba objetos y personas porque su utilización y presencia podrían provocarme la muerte. Vivía pensando en cómo podría seguir vivo, pero había algo que no podía controlar: el tiempo, el más grande e impune asesino serial de todos los tiempos. Decidí entonces deshacerme de todo aparato que marcara su paso dentro de la casa, relojes y calendarios. Al menos, si no estaba a salvo del paso del tiempo, no tendría un artefacto que me lo evocara segundo a segundo o día con día.

Estaba aterrorizado por la llegada de la muerte. Tenía sueños espeluznantes. Me veía a mí mismo siendo asesinado por una sombra y morir ahogado en mi propia sangre. Comencé a delirar, sentía una extraña presencia que atravesaba los pasillos de mi casa dejándome paralizado, facilitando el trabajo al asesino. No sé de dónde nació ese temor, vivía casi totalmente aislado. Mi contacto humano estaba limitado a una sola persona, ella vivía conmigo y me quería a pesar de mis manías, así que mis temores estaban mal fundados

Aun así cerré todas las cortinas, haciendo de mi casa un lugar de eterna oscuridad, las luces siempre apagadas. Ahora yo, como la muerte, también sería capaz de habitar en las tinieblas. Me había hecho con un cuchillo, pues la sentía cada vez más cerca. Me escondí detrás de una cortina, a la espera de la muerte en cualquiera que fuera su disfraz, cuando por fin su hora y la mía había llegado. Justo cuando atravesó el marco de la puerta la tomé del cuello y clavé el cuchillo en el pecho, un golpe certero y profundo. La muerte, mi muerte, inhalaba su último aliento.

Encendí las luces. Era ella y no yo. La muerte se había equivocado de víctima.

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