Segundo

Quizá fue mi culpa, la mente anclada a ese puerto del pensamiento donde no podría zarpar durante todo el día. Ya no pensaba en Laura, Carla invadió la isla del recuerdo. Escribía rápido, lo delataba el sonido de cada tecla, tarea sencilla de pasar las ideas a la página, y veía su aparición dentro de sí. Suspira, pone todo en pausa y pasa al otro lado para prepararse un café, don Julián se había encerrado en su oficina y el silencio gobernaba en la redacción. Un café doble que perfuma el ambiente, la taza humeante en su mano de regreso al escritorio, a ver si me ayuda a concentrarme, pensaba entre pequeños sorbos. Carla, nos conocemos, ¿no? Y ella sí, mirando su nombre en el gafete, Paco, hace tanto tiempo. Tres años desde la primera y última vez que se vieron. Acababa de llegar a la ciudad y era la primera mujer con la que hablaba. Se enamoraba fácil, ese amor a primera vista para los supersticiosos. Ya no escribía, ahora corregía cada párrafo del artículo, esto no quedaba claro, leía cada parte en voz baja para saber si todo tenía sentido. Todo quedó en un fugaz reconocimiento, fugaz reencuentro y él no le dio importancia hasta que aquella misma noche ella le escribió de madrugada, qué gusto de encontrarnos después de tanto tiempo, perdón por mi ausencia pero si te contara, y él leía esto a escondidas de Laura, leyendo sus mensajes y escribiéndole largas respuestas como cartas que se respondía cada vez que podía. Si tan solo hubiera sido más discreto, guardar las apariencias, mas Carla tenía un derecho de antigüedad que se anteponía a la fidelidad de su relación presente.

Última corrección y listo, primer artículo terminado. El siguiente me tomará más tiempo, pero no más allá del medio día, se proponía Paco a cumplir con diligencia su trabajo. Se tronó los dedos de ambas manos y se estiró en la silla. Suspira, qué voy a hacer con el resto del día, se olvidaba que ella ya no lo esperaba en casa. Dejé la universidad en el segundo año, le contaba con la misma voz de antaño, después de un mes de encuentros por azar en la calle y de mensajes se habían dado cita en un bar cerca del centro, de día, así le era más fácil inventarse una excusa para no responder el teléfono. Pensé que habías terminado la licenciatura, y ella no pude, tuve muchos problemas, me metí en una relación conflictiva que no sabía cómo terminar y la situación en mi familia no ayudaba, a eso había que sumarle mis problemas de anorexia, por eso su rostro afilado, pensó Paco. Carla encendió un cigarro, ahora trabajo aquí cerca, es por eso por lo que nos encontramos tan seguido, en qué trabajas, Paco mirándola a los ojos, soy masajista, ella bajando la mirada. ¿Masajista? Paco pensaba en ese tipo de masajes que veía anunciados en los periódicos de nota roja, y como si ella le leyera la mente, son simples sesiones de masajes relajantes, nada del otro mundo, en aquel tiempo necesitaba de un trabajo, no me pedían una formación específica y además me proponían un buen salario. Solo su color de pelo había cambiado, dejó el negro para regresar al rubio, pidió otro jugo de frutas, y ¿qué ha sido de ti? Yañez, venga por favor, don Julián desde su oficina, necesito su opinión. Entró y salió en menos de dos minutos, no era una opinión, sino más trabajo, dos artículos para revisar y corregir para mañana. Bueno, acomodando los folios sobre su escritorio, no tengo nada mejor que hacer. Trabajo en una revista, vivo solo, tuve una relación pero no duró mucho a pesar del gran amor que parecía haber, al inicio pensé mucho en ti, me preguntaba por qué no respondías a mis mensajes hasta que dejé de insistir, y ella lo siento pero tengo ese gran defecto de evadirme del exterior, de seguro si hubieras insistido habría terminado por responderte. No pensaba que aquella noche iba a llegar tan lejos, terminó el segundo artículo y tomó el que tenía que revisar de uno de los folios, leyéndolo lentamente con una pluma roja en la mano, haciendo notas, tachando frases. ¿Quieres saber dónde vivo? Carla tomaba su bolso sin quitarle la mirada, no tenía ninguna excusa para llegar tarde o no llegar a dormir, pensó él. Sí, me encantaría, sin pensar en las consecuencias le tomó la mano guiado por el deseo y una leve sensación de embriaguez, y la besó en los labios antes de bajar juntos las escaleras de la estación del metro. Termina de leer el artículo, de hacer anotaciones sobre los márgenes y mira la pantalla de su celular, tiene una llamada perdida de Carla.

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