Escritor sin oficio

Yo no soy ningun escritor pero me dedico a escribir. Nadie me ha dado el título para ejercer este noble e invaluable oficio. Soy un escribidor de pensamientos y diarios, de esos que la gente llama íntimos, aunque en realidad mis ideas y sentimientos son más que nada del ámbito público, pues todos pensamos y sentimos, pero yo estoy orgulloso de hacerlo de una forma distinta a los demás, de pensar y sentir como yo mismo.

Todos me dirán que esta no es un profesión de provecho, que lo que hago no es más que tirar el tiempo por la ventana de la improductividad. A lo que yo diré que están equivocados, que mis obras íntimas algún día serán editadas, que no sé si serán póstumas o no, pero que como creador de ficción guardo una cajita con mis esperanzas por un futuro lleno de éxitos y envidias. De la forma en que me dedico a escribir, me dedico a seguir una rutina más o menos constante para no pensar que mi vida es monótona. Sí, tengo una rutina impuesta por las obligaciones de la vida adulta pero no soy ningún rutinario. Que nadie se atreva a llamarme de esa forma, pues bastantes cambios hago en mi rutina para que esta no sea rutinaria.

Por todos los días que comienzo a las ocho de la mañana me levanto siempre a horas distintas. Esto hace que mi puntualidad sea un juego de azar donde mi indecisión es la que decide si tomo el metro de las siete y treinta o el de las siete y treinta y cinco. Como el lector común podrá deducir, soy un aventurero del tiempo, muchas veces tarde y unas cuentas siempre a tiempo. Otras veces mi rutina se ve modificada por el camino que tomo hacia la misma estación de metro: unas veces voy a prisa por la acera de la izquierda y otras por la acera de la derecha. Confesaré que a veces peco de valeroso e imprudente y que camino por donde los coches pasan. La vida es un riesgo, y yo asumo más de uno a la vez.

La rutina no es rutina cuando la gente siempre es distinta. A excepción de la encargada de la panadería y el responsable y humilde señor de edad avanzada que pide limosna afuera de este valioso establecimiento, la gente con la que se cruza mi mirada es siempre ajena. Ninguna vez me he encontrado con la misma persona dos veces, y esto debe ser por mi instinto tardío, pues ellos tienen hábitos más ordenados que los míos, lo que nos salva de vernos incómodamente las caras dos veces. También soy un atento observador, y aunque esto lo hago mejor que escribir no lo considero como mi primer oficio. Hay quien pensará que esta mirada mía muy penetrante puede confundirse con el acoso, y puede que tenga razón, pues a veces miro de más, y si me encuentro con una mujer más o menos bella comienzo a ver a través de su ropa, pero no es a propósito, pues ningún buen propósito tiene el ver a señoritas desnudas. Mi único verdadero talento podría ser entonces el de poder quitar la ropa con la mirada. Por si fuera poco también me gustan mucho los espacios abiertos, y entre piernas y paisajes me gusta perderme.

¡Ah, pero qué mal educado he sido al contar detalles sobre mi vida y oficios sin beneficio y no reconocidos sin haberme presentado antes! Me llamo Álvaro Concha, y no es que alguna Concha me haya traído al mundo, pues mi madre se llama María y pues Concha viene del padre. No faltarán las burlas que mi apellido pueda suscitar en ciertos países de habla hispana, ya estoy acostumbrado y, para ser honestos, cuando yo escucho pronunciar mi apellido me dan muchas ganas de comer pan.

2 respuestas a “Escritor sin oficio

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