El desmesurado e imperceptible arte de ocupar el tiempo. Lo hacemos todos. Somos tiempo. Llenamos el tiempo de trabajo, de sueño, de amor, desamor y rupturas; también de no limitados fracasos, contadas victorias y el éxito como el tiempo que se engaña a sí mismo. Nos ocupamos de no desperdiciar el tiempo malgastándolo. Por ejemplo en una mañana tardía, de horas innecesarias de sueño porque el día carece de obligaciones urgentes, ineluctables. Tiempo lleno de amigos, charlas superficiales, rara vez profundas y la exaltación general que desemboca en diatribas, palabras al límite, insultos subrepticios. Cuando se lee el tiempo no se llena, se multiplica, se desdobla en vidas ajenas que pasan a formar parte de la nuestra, nuestra vida de este lado donde solo es real la niebla. Se lee y el tiempo toma otra forma, se vuelve acción, descripción, pausa, forma de vida.
Se lee como escape, pues no hay tormento que resista una hora de lectura.
Actividad en apariencia anodina, despreciada por los apologistas del tiempo es oro, el tiempo representado como materia vil por monetaria. En contraposición el tiempo es vida, invaluable y por eso también carece de valor para quien lo tiene como promesa de eternidad y que como tal no se limita a ser también muerte.
Vivir es preparase para estar muerto mucho tiempo.
El muerto carece entonces de finitud, vive con la muerte más de lo que podría vivir pleno de vida. La muerte coetánea de la vida, ambas hermanas, hijas de la misma madre que se pelean por el cariño lejano e inasible del porvenir.
El tiempo, el gran recipiente del vacío, estímulo de escritores.
El tiempo se deja a la deriva, se deja caer en el abismo de la mañana ausente, de los sueños nebulosos y el despertador indolente que nos trae de regreso a la vida.
¿Qué es la vida sino la reiteración sin descanso de la muerte?
La vida es nada, menor a un sueño. ¿A dónde quiero llegar? No llegar, no llamarse, no ser en esta finitud que adolece el contar de las horas. La escritura se diluye en el mar sosegado del ser que se deja llevar. No existen las olas salvajes en este mar domesticado. Mi cuerpo lleva el ritmo tranquilo de las leves olas, la brisa crepuscular me cubre de una sabiduría instantánea.
Mañana olvidaré lo que fue este día.
Mi presente será el del pasado. Como hoy he estado viviendo dos días de años distintos. He vuelto a la parada de autobuses en Malta. L. y yo nos hemos detenido en una tienda para comprar bebidas frías. El calor se siente en el aire, nos dirigimos a la playa. Estoy sin embargo también en la región más transparente de España. Le sigo los pasos a B., vemos el vasto mar a lo lejos, tomamos una cerveza en un bar impreciso. ¿Tiene algo que ver con el día que es hoy? ¿Es mi eterno retorno? ¿Revivo esos días porque coinciden?
Y las horas se fueron intempestivas, en un cabalgar desesperado, dejándome en una total introspección de trepidante anhelo.
Quise ser otro con las mismas herramientas fatídicas del ayer, sin cambiar un punto mi ser pasivo y de fácil depresión. Me creí en la ficción valeroso. Vi mi vida con el andar urgente del cine, como si hoy cambiara algo definitivo y que dotaría a mi porvenir de la diferencia para bien. La utilidad del deseo de triunfar, otra manera de ocupar el tiempo con las esperanzas no certeras del mañana. Vivir para esto, para pensar en lo que sería vivir mejor, vivir distinto.
Hoy es la antesala, el lugar de espera.
Espero dormido a que mañana cambie, que lo distinto me caiga del cielo, así de fácil. No puedo adelantarme a las previsiones. Un día a la vez, y acaso ese mañana inasible se concreta en lo anhelado: un sueño realizado. Ese sino inexistente, de equivocada concepción. Pensar en ser escritor mañana, siempre mañana. Aceptar el consuelo de por el momento no crear nada, rodear tan solo el tema de la ficción.
Leer como premisa, ser un buen lector para ser un buen escritor.
¿Es ese el camino correcto? Cesar Aira aconseja —sin ánimos de dar consejos— que el escritor novel deje de lado el ideal de escribir buenos libros, de dedicar toda una vida a una obra y que mejor opte por escribir, sin intención premeditada, malos libros, pues los buenos libros son numerarios y están en todas partes. Optar por la vanguardia, pues ella es la que tiene el veredicto inapelable del futuro. Quizás, si nos dedicamos a contar lo que conocemos de cerca, lejos de los grandes próceres de la literatura, la empresa nos resulte menos fatigosa y más redituable. Malos libros en suigéneris con destino de buena literatura. Cesar Aira es entonces el escritor que ha cavado su propia tumba de eternidad y gloria, su propio reducto donde no cabe nadie más que él. Con persistente y desinteresado denuedo por no figurar como un gran y no menospreciable escritor, Aira ha entrado por la puerta grande en el marco contemporáneo de la literatura que vale la pena leerse. Literatura que nunca se escribió con el propósito irreversible de ser literatura, formar parte del canon, ser citado por la academia. Aira tomó un camino que no existía. Fue el escritor persistente, impávido, impertérrito de fracaso, mismo que terminó propulsándolo desde abajo hasta la gloria no pedida.
Sigo sufriendo de distracciones intempestivas. El paso de una mosca me cambia las ideas, me lleva al pensamiento vacío, desconectado con el párrafo recién escrito. Falta de aplomo, de compromiso literario. No soy aun el escritor de fondo que quiero ser. Soy el escritor de instantes, fotografías mínimas y en blanco y negro de la realidad que solo a mí me interesa. En este mundo confluyo sin nada que me perturbe. Existen yo y mis deseos, lo demás, lo que rechazo, lo borro, queda ausente en mi realidad. Si muero mañana el lector de este texto sabrá muy poco de mi vida privada.
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