He perdido la convicción, fue esta mañana, a partir de un mensaje de rechazo: su nivel de idioma no es lo suficientemente bueno para la maestría, su candidatura ha sido rechazada. Ya lo sabía, lo esperaba no sin la vana esperanza de que fuese un sí, de que la difícil vida se resolviera. Pero fue un no como tantos, al que me acostumbro a sabiendas de que no sirvo para nada. Sí, así lo digo, y muy orgulloso de no servir para nada, porque de esa forma puedo ser escritor. Con la convicción perdida, agotadas las tentativas, salí a caminar en busca de una respuesta en el ya antes recorrido camino del barrio. Caminé pocos pasos, me sentí ajeno, extranjero con todas las letras de la palabra, y no me reconocí en ninguno de los paseantes. Di tan pocos pasos como pensamientos que se me desvanecían en la caprichosa memoria. No encontré destino, di un rodeo, temeroso de perderme en las calles inolvidables de mi vida.
Una mujer estaba perdida, preocupada porque se le hacía tarde para la entrevista. Encontró respuesta en una extraña: No estás lejos, le dijo, es justo ahí, y la joven mujer caminó aprisa con su carpeta bajo el brazo, aliviada de haber llegado a la dirección indicada. Pensé: yo también he pasado por lo mismo, he buscado una dirección sin dar con ella, por poco he llegado tarde, la disculpa al instante: lo siento por el retraso. De esas entrevistas también guardo el no, la negativa a contratarme, usted no llena el perfil que estamos buscando, y yo diciéndome que no es tan importante, ya encontraré otra cosa.
Al llegar al parque vi correr a una mujer hacia mí, la respiración agitada, en ropa deportiva, y también pensé que yo he pasado por lo mismo. Hace meses salí a correr, cosa de un solo día, y también respiraba agitado, el estertor a cada paso, sintiendo el corazón latir, la bomba de sangre, la manzana roja del pecho. No es innecesario pensar en todo lo que he perdido, como ayer, el escritor pensando en escribir, hilvanando palabras al azar: un río como el tiempo, una balsa como un cuerpo de mujer de ébano, un destino sin nombre, la cascada interminable como el abismo seguro hacia donde me dirijo. Me cantaba una canción de cuna con palabras, satisfecho de poder escribir en el cuaderno oscuro e infinito de mi mente, dejar que las palabras cayeran en un hoyo negro, el destino de todas mis esperanzas.
No llegué a buen puerto. Olvidé con alguna incomodidad gran parte del río caudaloso de palabras de duermevela. Mi pensamiento se hundió en la oscura bruma, dediqué cada palabra al alto fracaso, traje al perro negro conmigo. Me siguió a cada paso, dobló junto conmigo en cada esquina, lo vi sediento y yo me miré moribundo en el reflejo de sus ojos. En vano fatigué el camino de mis palabras, le di una caricia —más por descuido que por cariño— al perro negro, y moribundo, agonizante, me dirigí hacia una luz difusa, muy a lo lejos, con la idea insensata de morir en el intento, de que esa luz fuese un fuego abrasante, de que aquel fulgor fuese mi castigo, mi ruina, mi fin.
Me quedé dormido sin darme cuenta, noqueado por la carga de palabras de ínfima importancia. Me sumí en un sueño que no recuerdo, fui otro hombre mientras dormía: todos somos dos, el que vive y el que sueña. Recorrí las mismas calles, era un jueves, el mercado estaba abierto y yo no traía dinero en efectivo. Ya era tarde, un temor ridículo se apoderó de mi paciencia: necesitaba dinero para comprar algo de comer, me moría de hambre. Luego llegó una maraña de ideas inconexas: el dinero me sobraba en la billetera, más de dos mil euros en billetes de veinte; miedo de perderlos, de que me asaltasen. Incluso hice la conversión a pesos: es muchísimo. Enseguida vino el olvido. El acto dificultoso de soñar ráfagas de locura me sumió en un sueño tributario; sentí mi respiración agitada, dormía desesperado y temeroso, ya se estaba haciendo de día. Desperté con la sensación de no haber dormido nada, de haber andado durante las horas de sueño por calles de escasa luminosidad, diluido por el cansancio, el dolor de espalda imperante y el chasquido de mis huesos al caminar.
Bueno, me dije, otro día comienza. De nuevo el crujir del piso al caminar, hacer ruido para los vecinos de abajo a manera de buenos días. Esto es vida, me dije, si tan solo no tuviese que preocuparme por el dinero. Mi prosa se desgasta, no soy dueño de mis palabras, se me escapan, se mezclan, no tengo voz propia, tampoco una personalidad desafiante. La página en blanco se ríe de mí, me ataca con su burla subrepticia, me dice entre carcajadas que no tengo talento, que esto no es escribir, no eres escritor, nunca lo serás, y yo no te creo. Vivo en el halago falaz del tiempo: mañana me dará la respuesta. Este esfuerzo, por pequeño que sea o parezca, no puede ser en vano. Soy un embustero, un engañador y no un escribidor. Mi consuelo es repetir que son estos mis años de formación, que no puedo pedir demasiado de menos de tres años de escritura como práctica habitual. Digamos que me he conseguido una caja de herramientas vacía, que lentamente voy llenando con las herramientas necesarias. Herramientas hasta hoy poquísimas, pero no menospreciables.
Encontraré la forma en unos años. No es tiempo para recoger la cosecha: las semillas son todavía semillas. Me queda mucho o poco tiempo, como años de vida. No se puede apurar al tiempo, no puedo adelantarme, creer que he aprendido algo cuando en realidad lo he olvidado. Nada de esto es en vano. La literatura seguirá siendo mi venganza contra las ofensas de la vida. Poco importa si la afirmación resulta adolescente o testaruda. La sentencia no es mía, es de Pavese, y él ha recorrido la misma desesperanza.
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