Tú que el esqueleto

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15 de abril de 2026

Tú que el esqueleto
conservas intacto
no sé todavía
por cuáles milagros,
me pretendes blanca
(Dios te lo perdone),
me pretendes casta
(Dios te lo perdone),
¡me pretendes alba!

Alfonsina Storni, «Tú me quieres blanca»

Cada uno es dos: el que es y el que cree ser. No puedo ser otro, soy el que soy, el que se refleja en la persona presente. Fuera de mí se me desconoce y se me interpreta. Con lo poco que de mí saben se forman una imagen mínima, un rostro con una sola faceta, una mirada afable que nada oculta, que se muestra bienhechora, accesible, y, sin embargo, dentro siente rechazo, fatiga, animadversión.

Antes, en esta casa, rondaba otra presencia para la cual yo ya me había convertido en un mueble más. Fue durante las semanas de encierro cuando supimos que la eternidad no se nos iba a dar. Yo leía o escribía y ella hacía algo en el ordenador. El café se enfriaba y no sé quién preguntó primero, o si acaso fue una pregunta o una afirmación. Me dijo entonces que, de terminar, le gustaría ser mi amiga, y yo: no podría ser tu amigo después de una separación, no toleraría el peso de la pérdida, tampoco esa rabia leve de no haber construido nada contigo, rabia por el tiempo perdido.

Ya desde entonces no se escuchaban en nuestro discurso los «te quiero», tampoco el «me haces falta» de dos que siempre se están esperando. No nos era difícil la convivencia, pero no era algo que yo en particular deseara. Prefería la calma y el refugio del apartamento, sin contacto alguno con el exterior, a la usanza de los fines de semana de mi padre, quien, fuera de casa toda la semana, aprovechaba el tiempo para ver las películas que en la semana no podía ver y dormir las siestas que no podía dormir.

En cambio, ella sentía un rechazo por el tiempo que corría entre cuatro paredes. No pocas veces salía a caminar entre una y dos horas para despejar la mente, mover las piernas, activar el cuerpo, mientras yo esperaba, sin ninguna prisa por que llegara, entre los libros y un soñar leve.

Aquella tarde también me dijo que si yo caía en la desgracia de la deportación, por falta de papeles, ella no tomaría el riesgo de casarse conmigo para salvarme, pues ella ya estaba en una situación frágil, por lo que no quería que yo resultase una carga más.

Tampoco era una opción que los dos nos fuéramos, que tomáramos un rumbo conjunto, en su país o en el mío. No importó que yo le dijese que si ella estuviese en una situación de la que no parece haber salida, yo haría lo que fuera para que una puerta se abriera, que la llevaría conmigo a otro lugar, que nos casaríamos si hacía falta, sin importar que fuese por amor o por un trámite administrativo.

No fue aquello lo que más me dolió entonces. A esas leves heridas de rechazo fueron sumándose otras, una que fue tan profunda que todavía no sana, aquella forma de ser nada en su vida para que no contase, y que me duele hondo, en el ayer y en el hoy, y también en esa ilusión que pertenecía a mi esperanza, una forma de decir que si entonces ella hubiese hecho lo posible para no desaparecerme lo nuestro hoy sería un amor no consumado.


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