Más vale ahora, porque después será tarde. No nos engañemos: con el regreso a la vida normal, escribir todos los días no será fácil. El tiempo no dará para tanto y el cansancio será el segundo enemigo.
Hoy, por ejemplo, perdí toda la mañana en el trabajo. Dejé ir al menos cinco horas desde que me levanté: el desayuno, el trayecto de ida, el trayecto de vuelta. El regreso intempestivo al trabajo me ha cortado el poco ritmo obtenido en estos dos meses, cuando el tiempo se volvió una excusa, un pretexto para el vaivén de mis pasos por el apartamento en busca de algún libro escondido entre muchos otros, o de un café capaz de mantener a raya la somnolencia.
Pasé mucho tiempo en casa. Más del recomendado. Y si bien no me moví de mi sillón, viajé por tierras y mentes desconocidas. Fui a México, de ida y vuelta en pocos minutos, a través de la voz narrativa de Arriaga. Espié a Marina y a JP mientras cogían en la cárcel. Vi a Diana en Marina, pero nunca pensé que yo podría ser JP.
Los personajes con los que me identificaba se quedaron en las novelas de Vargas Llosa y García Márquez: Ricardo Somocurcio y Florentino Ariza, ambos héroes tardíos de mi infancia.
Florentino fue el primero. Me enseñó que el amor puede esperar entre pequeños amores, que nada está dicho y que la paciencia siempre trae sus recompensas. La mujer amada hasta el final de sus días, o de los míos, porque donde hubo amor siempre queda alguna semilla expectante, lista para germinar.
Somocurcio me enseñó a perseguir a la mujer que se ama pese a sus constantes rechazos o desapariciones: un fiel amante como un fiel perro, dispuesto a esperar sobre el tapete de la entrada a que la mujer, la ama, venga a darnos las sobras de la cena o alguna escueta caricia.
Yo crecí. Llegué a la mayoría de edad siendo una mezcla de dos personajes de ficción, dos criaturas nacidas de escritores del mismo Boom latinoamericano. Yo sería Ricardo Ariza o Florentino Somocurcio: extraño Frankenstein, remedo de autores y citas de libros, preparado para amar a perpetuidad desde el primer día.
No hace falta sacar demasiadas conclusiones sobre mi concepción del amor fundada en esos dos personajes. Ambos eran sumisos, presos de una sola mujer, sin que por eso dejaran de entregarse a muchas otras: amores leves para no sentirse tan solos y para no perder la habilidad de enamorar y enamorarse.
No he releído El amor en los tiempos del cólera, y poco me hace falta para recordar detalles precisos: la madre de Florentino, cada vez más preocupada porque su hijo parecía enfermo de cólera cuando en realidad estaba enfermo de amor; las largas, por no decir interminables, cartas que dirigía a Fermina Daza, a quien por poco confundo con Úrsula Iguarán; la primera mujer con la que Florentino encontró consuelo, por mediación de su madre alcahueta: la viuda de Nazaret, que acababa de perder a su marido y para quien Florentino significó el consuelo de ambos.
Ella encabezará su lista de pequeños amores. Allí anotará los nombres de sus amantes y aquello que hacían o decían cuando hacían el amor: mujeres que ven en él a un hombre falto de amor, que no les pide nada más que las noches. La lista será larga: más de setecientas mujeres en casi setenta años de vida.
Ese libro, sin embargo, y esa vida íntima, no estarán libres de tragedia. Una de las mujeres con las que Florentino tendrá una historia de amor será asesinada por su marido como castigo por su infidelidad. Florentino cargará con la culpa de su muerte, pues él le había dejado una marca en la espalda, una inscripción o una simple línea que terminó costándole la vida a aquella mujer.
Inmune al cólera, pero no al amor: esa será su enfermedad.
Trabajará como escribidor en las plazas públicas, donde los encargos irán desde cartas burocráticas hasta cartas de amor. Estas últimas serán su debilidad: las escribirá con infinita fruición. No serán pocas las veces en que sirva de cupido, escogiendo la palabra justa, como Flaubert, para enamorar. Como aquella vez en que él mismo escribe y responde las cartas que, por encargo, se cruzan sobre su mesa. Ayudará a que una joven pareja se enamore, a ponerle palabras a aquello que sienten. Lo hará con éxito, pues la pareja se casará meses después.
No me faltan recuerdos. Parece que esa novela no la leí: la memoricé.
Me gustaría recordar los lugares donde la leía. Me gustaría tener el libro a la mano, mi gran tesoro del recuerdo. Alguna anotación debe de estar en la última página: una fecha y nada más. Una fecha que no se compara con todo lo que abrió en mí aquella herida literaria.
En aquellos tiempos yo no quería ser escritor. Quería amar como ama un escritor. Quería la historia de amor como me la contaban: con las ilusiones y las esperanzas del inicio, con lo trágico que venía después y con el final tardío y feliz.
Mi Fermina Daza se llamó entonces Fernanda, Sol, Carla, Sofía, Valeria. Todas mujeres finitas, efímeras, cuyo amor me dejó nostalgia, me dejó incompleto, me dejó la sensación de una historia que no llegó a darse. Todas ellas mujeres fatales, que llegaban y se iban y pocas veces regresaban.
El amor como imposibilidad. Y yo, a la espera.
Así llegó Somocurcio: en busca de la mujer perdida que cambia de nombre, de identidad, que nunca está pero siempre vuelve. Aquella mujer de un día o dos, no más, que nos dice que lo nuestro no es posible, que no insistamos, que no es el mejor momento.
Esa mujer se llamó Isabel. Llegó cuando yo más solo me sentía. Ella no vio en mí a alguien falto de amor, como las mujeres de Florentino veían en él, sino a alguien lleno de soledad: mucha necesidad de cualquier mujer para llenar un vacío dejado por otra.
Así no se puede amar. No cuando se busca un amor de reemplazo. No cuando se quiere que alguien compense la falta que nos hace la persona antes amada y que nos ha abandonado.
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