Realidad y sueños.

Y mis sueños se funden con esta realidad intermitente, donde nada es, donde nada nace y donde nada muere.
Julio terminó esa última frase y sintió que ya no podría escribir nada más por hoy, la jornada había sido larga: más de cuatro horas y aún no encontraba el final adecuado para que el cuento no terminara por convertirse en una novela.
Salió de su apartamento, como cada tarde. La luz del día siempre le parecía intensa por cierta sensibilidad adquirida hace años cuando aún era un estudiante. Esa tarde lo esperaba Aura en el café que estaba a sólo tres calles, lo que le daba tiempo suficiente para pensar positivamente sobre lo que escribía y, en un acto de complicidad consigo mismo, maquinar los temas para entablar una charla interminable con ella.
Cruzando la entrada del café, miró hacia la mesa del fondo y ahí estaba, sentada como cada tarde de martes esperándolo con la puntualidad inglesa que la caracterizaba. Él no era nada puntual, así que ella siempre esperaba leyendo mientras él aparecía.
Ella siempre leía novelas y autores que él nunca había leído, lo que motivaba su creatividad al escucharla comentar acerca de un libro diferente cada semana.
Él la escuchaba con una sonrisa que no le cabía en el rostro. La voz de Aura vencía  toda preocupación interna que Julio pudiera tener.
La charla se prolongó durante varias horas, ella lo escuchaba de manera atenta, siempre mirándolo a los ojos, gesto que provocaba  que él se sintiera fuera de sí, hablando sin parar para que ella no dejara de mirarlo perdidamente.
No recordaba cómo se conocieron, pero podría vivir a posteridad en ese café, en esa mesa, sentado frente a Aura charlando sin tiempo en ese sueño donde nada es, nadie nace, nadie muere y ella no deja de mirarlo eternamente.

No tengo palabras precisas para definirlo. Resaltan su impuntualidad y su renuencia hacia el mundo que no comprende, ese conjunto indefinido de gente que no sueña y sólo se conforma con vivir de la manera que alguien más eligió para ellos, tal y como él los define. Julio es un hombre extremadamente solitario, pero, a la vez, ansioso por encontrar a la persona que pueda vivir en soledad junto con él y con nadie.

Yo soy ese mundo que no comprende. Egresada de una prestigiosa universidad, con un empleo en una empresa de renombre; una carrera exitosa a todas luces, una vida de ensueño. La vida que mis padres siempre soñaron para su única hija, pero no la vida que yo soñé, porque como me lo dijo Julio en una de esas tardes que pasábamos en el café: vives de sueños ajenos, a causa de haber perdido los propios. Cuando me lo dijo, no alcancé a comprender a cabalidad lo que me decía, hasta que lo ejemplificó con el mundo que tanto él conocía: el de la ficción. Él podría no comprender el mundo en que vivía, pero no el mundo de la literatura, inspirado en la realidad, pero dándole vida con lo ficticio.
-tu vida terminará tornándose en una desilusión constante, tanto para ti, como para la gente que te rodea. Serás una mujer eternamente inconforme con lo que le sucede día con día, volviéndote loca por no obtener suficiente placer en tu vida, lo que te llevará al suicidio. Como aquella mujer llamada Emma, en la novela de Flaubert; una existencia de sueños rotos, de la cual te advierto para que no tengas el mismo y desastroso final.-
Julio me miraba de frente, pero sabía que veía más que el brillo de mis ojos al escucharlo hablar, él podía mirar a través de mí, a través de mi alma, y con eso, encontrarse con la niña, que sin darse cuenta, jugando a ser mayor, había roto sus sueños, dejándolos caer, de manera accidental al vacío de los años que vendrían.

Julio era el único que podía darme sueños a cambio de realidad. Decidimos salir de las ciudad juntos, a cambio de una catarsis que podría darme una nueva vida, nuevos sueños y al fin un nuevo destino. Miraba a Julio conducir, con cierto aire de nerviosismo, al advertirme antes de salir, que nunca antes había conducido más allá de los límites de la ciudad. Era su primera vez fuera, y al contrario de la claustrofobia, le temía a estar alejado de su casa, lejos de aquel espacio no comprendido que él consideraba su hogar.

Sigo conduciendo. Aura se ha quedado dormida y al parecer sumida en un largo sueño. Es la primera vez que la veo dormir. Aunque tiene los ojos cerrados, siento que me mira e imagino que esboza una sonrisa.
Pienso en la metáfora de sus sueños rotos y que ahora, mientras ella duerme y yo conduzco, se ha dejado caer al mismo vacío al que yo arrojé mis sueños, para vivir juntos donde todo vuelve a ser, donde dos nuevas vidas nacen y mueren juntas para aferrase con cada beso a esa realidad que nunca fue un sueño.

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