Ya no la tengo.

Ya no la tengo, ya no está en mi vida y con su partida una parte de mí ha muerto. Ella no era para mí, y los sueños me lo decían. La constante falta de romanticismo me lo decía a gritos, pero yo no quería escuchar su sabia voz. El amor desaforado se nos quedó colgado en los helechos, en ese bosque que una vez fue nuestro y que ahora el fuego del desamor ha consumido hasta las cenizas. Mi pides perdón como si haberme enamorado de ti fuera un error, cuando en realidad fue la aventura más riesgosa a la que me adentré. Vivo para enamorarme: la búsqueda constante de la mujer es una actividad estimulante, a la par de la lectura. Yo había decidido enamorarme una y mil veces de ti, hacer de ti la mujer del eterno retorno, la mujer que siempre llega con el estimulante enigma que quiere ser revelado.

Ya no la tengo, y dudo si en realidad alguna vez fue mía. Quizás no fue de alguien más, y los únicos culpables fueron el tiempo y la distancia que me la quitaron poco a poco. No fue mía y dudo que alguna vez pueda volver a serlo. El futuro es ese lugar lejano donde nuestros anhelos habitan y pocas y excepcionales veces se cumplen. Es ese lugar el cual también alberga nuestros más grandes y terribles miedos y estos son más probables a consumarse, como el miedo a la ineludible muerte. La separación permanente con la persona que creímos parte de nuestro avenir, con sus sueños y miedos, nos deja un vacío profundo que será difícil de llenar. Es como si nos amputaran una pierna y la gente nos preguntara cómo estamos. Ya no la tenemos, pero sigue ahí. Aquella mujer que amé se ha convertido en fantasma y yo soy el lugar de las apariciones, como escribió Juan José Arreola.

El dolor es difícil de definir, pero su principal cualidad es que mata. Si el orgasmo es considerado como la muerte pequeña, el desamor puede considerarse como la muerte más larga, la que nunca llega y que siempre está a un paso de hacernos desfallecer. Se siente que el alma se quiere salir del cuerpo que tanto dolor como placer puede provocarle. La agonía se vuelve una constante, y vivir con ella se vuelve fatigante.

Cómo la quise, y quizás ella también me quiso. Sé que no me queda más refugio que la poesía, encontrar refugio en una casa hecha con todos los libros que todavía no he leído y lo que quiero volver a leer. Tengo uno de los primeros cuentos de mi infancia y sufro de amor como el adolescente que curaba su soledad con la lectura de cuantos libros encontrara. Pensé que nunca volvería a pasar por esta agonía que me consume, pero sé que soy más fuerte que mis delirios amorosos. Sé que encontraré el placer por la soledad absoluta, esa soledad que no se comparte con nadie y que hace la vida más simple.

Fue tan corto el amor y será tan largo el olvido.

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