Orfandad.

Nos sentamos todos en la misma mesa. Desconcertados por lo que acababa de suceder nuestras miradas solo se entrecruzaban sin mantener contacto visual unos con otros. Es cierto que un sentimiento de tristeza nos invadía de diversas maneras, y las lagrimas escurrieron eventualmente sobre nuestras mejillas. Nuestra madre había muerto y ante esto, siendo hermanos y estando juntos, cada uno por su cuenta se sentía huérfano y solo. Camila, baja la mirada, lloraba silenciosamente, como si al ocultar su dolor el nuestro no se hiciera más intenso. Sufría, y con una fuerza sobrehumana, intentaba contener su llanto. No puedo decir que ella era la que quería más a mamá, porque el amor de un hijo no es comparable ni medible, pero estoy seguro de que era ella la que más compartía palabras con nuestra adorada y tantas veces incomprendida madre. Mónica, siendo la mayor de la familia, quería mostrarse fuerte, pero no pudo ante la noticia de que mamá ya no existía más, y lloró amargamente. Este dolor estaba mezclado por el arrepentimiento, pues ella hubiera querido darle más de su tiempo a la persona que más le importaba, lo que le era imposible porque durante al menos diez años ella ya no vivía en el país y fueron contadas las ocasiones en que ambas tuvieron la oportunidad de reencontrarse. Mónica hubiera querido que mamá nos fuera eterna, pero el tiempo, desde nuestros primeros días de existencia, nos condenó, junto con nuestra madre, a la mortalidad. Anselmo, de quien siempre pensamos que la realidad poco le importaba, no lloraba, sin embargo, se sumió en un mutismo absoluto del que nadie lo podía liberar. Él, a pesar de tener más de cuarenta años, nunca dejó el seno familiar, tampoco tuvo novia conocida, y como es natural ningún hijo. Anselmo en algún momento de su vida dejó de crecer, y vivía con el razonamiento de un niño en el cuerpo de un adulto. Está tan lejos de ser el hombre que Juan y yo llegamos a ser, pero por ahora es el niño que se ha quedado sin madre y que no sabe cómo expresar lo que siente y callará hasta el final de sus días. Juan es el que se muestra más fuerte, el hijo que más amó a sus padres a pesar de haber siempre haber albergado un resentimiento por la mano dura con la que fue tratado. Es cierto que años de diferencia nos separan en distintas épocas en las que nuestros padres atravesaban por diversas circunstancias de precariedad, que se reflejaban en la desigualdad con la que trataron a sus hijos: los tres primeros, Mónica, Anselmo, y Juan tuvieron que renunciar a su niñez para servir de soporte a la familia; los dos últimos, Camila y yo, vivimos con una niñez a medias, tuvimos que trabajar de todas maneras, pero a una edad mayor, donde nuestros deseos no siempre fueron cumplidos y donde la austeridad en la familia era la pauta. Juan nunca dejó ese resentimiento en el pasado, y lo expresaba de manera violenta contra los hermanos que, por no haber nacido en las mismas circunstancias, no tuvieron que sobrellevar una vida como la que él tuvo y que terminó forjando su carácter ambiguamente. Para mí nunca fue un hermano, sino una figura paterna que siempre me inspiró admiración y a su vez, un inconmensurable miedo. Mamá fue siempre mi refugio contra sus arranques de violencia, sin embargo, una madre no puede elegir entre sus hijos, y mi refugio se derrumbaba irremediablemente. Juan también lloraba, una mezcla de culpa y arrepentimiento le vaciaban el alma, pues la muerte es irreparable.

El dolor de todo ellos no me era ajeno, pero por momentos yo no podía sentir, pues me sentía tan solo un atento espectador intentando descifrar cada uno de sus pensamientos. No era raro que mis hermanos, desde años atrás, me consideraran un hijo sin la más mínima conmiseración hacia el sufrimiento que les causaba a mis padres mi renuencia a regresar a casa, que mi lejanía no demostraba más que ingratitud. “Nosotros siempre pensamos en ti, y nos preocupamos por nuestros padres”, me decían. Yo, a mi manera, también lo hacía, pero es algo que, aunque intentaban, nunca lograron comprender.

Hoy, nuestra madre ha muerto y, al igual que la soledad, la orfandad es algo de lo que no se escaba.

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