Ideas como globos

Toda idea que no se atrapa termina por escaparse. Las ideas vuelan como globos llenos de helio, y si no se les ata a la memoria se van muy lejos, muy arriba en el cielo del olvido hasta que caen en otras mentes más o menos despiertas. Así es como entre sueños me viene una idea magnífica que desecho en cuanto la vigilia me invita a abrir los ojos. Así he dejado ir historias que bien podrían servir para la escritura de una obra maestra, o de uno o dos cuentos no muy largos y no tan cortos merecedores de un modesto premio. Pero como mi memoria es frágil y mi espíritu aventurero, dejo paso al olvido con el leve optimismo de que ya será otro día para cosechar libros que ganen premios. Por ahora escribo lo que veo pasar en el tren del instante: la noche cada vez más oscura, y una comezón en el abdomen cada vez más molesta. Ahora se ha trasladado al brazo la muy astuta con la intención de atacar la mano con la que escribo y echar a la basura mis poquísimas ganas de escribir. No, tengo muchas ganas de escribir, pero la página no se llena a la velocidad de mis ideas. Habrá que hacer como cuando se lee, desear que la historia no se acabe tan rápido o juzgar la calidad de un libro por su número de páginas, que si ya voy a gastar 10 euros que no tengo en un libro, más vale que este me dure más de una semana. Aunque hay libros tan cortos y aburridos que nunca se terminan, para qué perder el tiempo con tales libros. Es así como se llega a madurar como lector, en saltarse capítulos enteros si no nos interesan, en llegar al punto clave en que decidimos si terminar el libro a medias o no terminarlo. Porque sí, se puede terminar un libro a medias saltándose uno o dos capítulos, o ni siquiera llegando al final y aceptar con dignidad y el hastío necesarios de que no vale la pena continuar tal empresa. Se anotará la fecha del fracaso al final del libro, dejando prueba de que se hizo lo humanamente posible por terminarlo. El próximo lector se compromete a leerlo con el mismo empeño, sin tomar en cuenta la opinión del anterior lector que pudo haber mentido para hacer desistir al nuevo de darse el gusto de una lectura de calidad. Nada es cierto o, quién sabe, puede ser verdad y puede que no, en los demás queda el crearse una opinión satisfactoria.

Me considero dos tipos de escritor: el que escribe a mano y el que escribe en el ordenador. El primero me parece más honesto, pero menos dueño de sí y de su potencial, al contrario del segundo, que tiene más libertad al corregir al instante si se quiere lo que no le gusta o no le convence. Ambos tienen ideas parecidas pero las abordan de distinta manera. Aquí tengo la impresión de que escribo como un profesional, con un uso del lenguaje más amplio y con ideas más certeras. Aquí las páginas permiten más palabras, por lo que la libertad es mayor. Mi cuaderno, al contrario, conduce al resumen o a poner un punto final cuando se pudo haber ido más allá de la tercera página. Aquí todo sigue su cause como un río, pasando de una página a otra con el infinito como aliado. Aquí los folios no tienen final, lo mismo podría alargarme a cien páginas sin el menor temor de quedarse sin tinta o sin cuaderno para continuar. Sin embargo, todo lo que escribo aquí es más frágil, incluso cuando se guarda en la nube puede desaparecer en un instante, y aunque las palabras estén bien plasmadas se me pueden ir, como a tantos niños se les escapa el globo rojo lleno de helio vendido o regalado por un payaso en cualquier feria de pueblo o de ciudad.

Me gusta al menos sentir que el tiempo que pasa se queda marcado, que las ideas tuvieron tierra fértil para florecer y que de aquí en adelante se convertirán en un jardín frondoso sin necesidad de su autor, pero con la condición de lectores que como gotas de rocío le darán vida. Cada una de mis ideas nace gracias a mí, pero su permanencia en el tiempo depende de alguien que las lea. Por el momento planto jardines destinados al olvido, y que quizás con un golpe de fortuna terminarán por poblar la eternidad.

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