Mañana no voy a poder, se dice, adormecido por las tantas noches sin dormir las suficientes horas desde hace tres semanas. Empieza escribiendo las primeras palabras de la letra de una canción de cuna. Ha perdido, según él, la genialidad conseguida los pasados meses, fruto de la libertad alcanzada tras esa dolencia en las manos que lo incapacitó durante medio año. Usted no es apto para este puesto, le dijo el médico. Justo lo que necesitaba escuchar, pensó; desde entonces todo sería más sencillo: ser despedido con una indemnización significativa, aunque no portentosa. Y hoy escribe palabras de arrullo, palabras dormidas, de ensueño, porque mañana se me vedan las horas, se terminan mis dos de insuficiente descanso, se lamenta a la vez que escribe, deja huella de su gran infortunio. En vano intentó concentrarse en las páginas de un libro sencillo, seguir el ritmo gradual de la lectura, dejarse ir poco a poco, entre líneas, para ya no estar consciente de estar leyendo. Estuvo, sin embargo, orgulloso de sus tres páginas memoriales, las de su diario que no termina, aquello que fue presente.
Se contentó con el retrato de Maeva en su desventura: los tatuajes que ocultaba bajo las prendas de color negro, su sonrisa de niña-mujer atribulada, el delineado exagerado de sus ojos, de un blanco que no combinaba con su alma negra. Esas páginas, de incierta calidad, fueron su triunfo del día. Las escribió para olvidarlas, para redimirse en un acto de rememoración tributaria, satisfecho de tener una memoria accesible, a la medida de sus taimados deseos. La mañana fue de difícil despertar: los ojos rojos, la cara hinchada, el crujir desolado de sus huesos de viejo joven. Si fuerzas misteriosas no lo hubiesen motivado, se habría quedado en la cama hasta una hora vergonzosa, invadido por ese rumor de zozobra —de nada vale la pena, la vida no tiene motivos—. Quiso sentirse como Maeva, compartir su oscuridad, el flagelo de ser distinto y apesadumbrado. Maeva no se le fue de la memoria; se guardó la última imagen de despedida, ese tímido adiós que quería ser bienvenida, y vio repetirse ese momento en que se da la vuelta y camina sola, auriculares puestos, para escuchar la música que le hace, como ritual, apreciar de nuevo la vida.
Le asaltó también el recuerdo de la despedida multitudinaria: él y Álvaro hablando un español rápido, incomprensible para Maeva, y ella pidiendo más lento, por favor, lo que dio paso a un albur innecesario, de imbécil: ¿te gusta rápido o lento? Maeva seguía sin entender; se sentía arrinconada, sin saber si debería decir que sí o no, o reír, o entender la broma. Las mujeres de la mesa de enfrente los miraron inquisitivas, sorprendidas por no entender tampoco, o acaso al tanto del ridículo juego de palabras, pensando qué imbécil puede llegar a ser un hombre. Borrachos se despidieron. Él habló de nuevo en español: hasta pronto. Widdy le dijo a Maeva: ten cuidado con ese mexicano; y el mexicano: sí, que tenga cuidado, somos todos narcotraficantes. Después, el silencio. Ella lo rompió diciendo: ya no hay metro, tendré que regresar caminando. A él le hubiese gustado acompañarla, pero era demasiado pronto: apenas se conocían, no encajaba tal galantería en el manual pausado de la seducción. Se dijo que, como todo texto acabado de escribir, necesitaría de reposo, invadir la mente de Maeva con su fuerte ausencia. ¿Lo habrá logrado? Imposible saberlo hasta el próximo y fortuito encuentro.
Lo que sí sintió fue una falta sucinta, hiriente, a las tres de la tarde: su vida vacía, carente de esperanzas, la idea fiel de que el mañana no será mejor. Para Maeva, la búsqueda de la felicidad ya no es un imperativo; sabe que toda alegría no es perenne. Se ha hecho numerosos tatuajes con el significado luminoso de lo fugaz: marcas en el cuerpo mortal que no se borran hasta que el placer no se termine. Sucintos placeres, falsa nihilista, mujer sin falta de voluntad, pero sí de poder. No contó por qué no terminó su licenciatura. Él se imagina que por motivos válidos de desilusión: abandonar todo un día gris de insoportable nada vale la pena, y, sumado a eso, los padres que no la apoyaban —no sirves para nada, seguro le dijeron—, pero no sus hermanos, que la apoyaban sin exigencias: sin ellos no estaría aquí.
Y él lo entendió como una advertencia pretérita de tragedia. Sí, he pensado en el suicidio como forma de vida. Él se sintió con la fortuna no pedida de conocerla: una vida salvada por la pasión al arte, la felicidad de Maeva efímera, sí, pero existente. Maeva no existiría en esa realidad ficticia, de palabras de ensueño, de castillos en el aire. ¿Su suicidio está escrito en el porvenir? Él la soñó suya, se deleitó con su irreal cuerpo desnudo, creyó que todo era una señal: andar sin buscarse a sabiendas de que andaban para encontrarse —frase robada de Rayuela—. “No estaría aquí si no fuese por mis hermanos”: la advertencia de Maeva, un grito ahogado, disimulado, de ayuda, que no puedo con esta carga innecesaria de vivir. No obstante, se sobrepone a la incierta realidad, su propia representación trágica de lo acontecido. Encuentra refugio en una cultura ajena que ha adoptado como propia. Me gustaba la música en japonés sin entender lo que decía, por el sonido, el ritmo. Así que, como él con la literatura, ella hizo de la cultura japonesa su religión, su consuelo de vivir sin importar que nada bueno venga mañana.
No se sintió lejano a su sentir. Maeva era la otra cara de la moneda: su rostro lozano, de sonrisa discreta, de fugaz conformidad con la vida que ahora lleva. No terminó los estudios, pero qué más da, él también los hubiera dejado. Se ha encontrado un trabajo que realiza sin disgusto, acaso el camino a la felicidad. Antes de que se despidieran, le dijo, sin intenciones de conquista: me encanta tu acento. Y él no lo vio, pero Maeva se sonrojó con ese halago inesperado. No tienen certezas de verse otra vez.
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