Contraste.

Limpiaba la casa con esmero. Y mientras lo hacia se fijaba en los detalles que muchas veces dejaba de lado. Ordenaba y limpiaba a la vez, imaginando cómo podría darle otro acomodo a los muebles, a los libros, la mesa del comedor o la alfombra. Podía ver todo en perfecto orden, impecable, con la luz del medio día que traspasaba por la ventana y hacia brillar el piso y los marcos en aluminio en las paredes. La veía también a ella, al abrirle la puerta y dejarla pasar a su microcosmos. Abrían una botella de vino, y brindaban, entonces él continuaba con los preparativos de la comida. Sentía cómo el amor de una mujer motiva, inspira y le da sentido a la vida.

Se levantó tarde. No tenía ningún deseo de limpiar, pero de no hacerlo la casa podría considerarse el hogar de las ratas. Platos sucios, libros desordenados, un refrigerador que olía a las sobras de la semana. Oscuridad. Las persianas seguían cerradas desde hace más de diez días. La depresión era constante, y no solo no limpiaba la casa, tampoco se interesaba en lo mas mínimo por su apariencia. La suciedad del apartamento era el vivo reflejo de sí mismo. Incontables era los momentos que durante el día sentía unas ganas incontrolables de llorar. De ella tan solo le quedaba el recuerdo, y ese mismo parecía gastarse al rememorarlo. La motivación, la inspiración y el sentido de la vida se habían marchado con ella, en su maleta junto a su ropa, sus perfumes y su pasaporte.

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