Últimas tardes.

¿Recuerdas el gran árbol frente a mi ventana? Pues éste ya se ha vestido de un verde intenso, y esta tarde el viento -como no pocas veces- lo ha hecho bailar con una música de ramas crujientes y hojas parpadeantes. Los dos meses que ha tomado tu carta en llegarme me hacen pensar que el más fiel testigo ha sido ese gran gigante que cambia sus ropas según la estación del año. Para mí el tiempo también se ha ido como un suspiro. Irrecuperable. Efímero. Pero mi paciente memoria te llamaba sin prisas, con la confianza de que eventualmente me escribirías. Me gusta pensar que habito en distintas partes, a partir de cada persona que toma el escurridizo tiempo para leerme, y con una atención ferviente o distraída me deja entrar en su mundo.

Curiosamente la enfermedad parece ser lo único constante en mi vida. El 26 de marzo, el día en que recibí tu carta, un resfriado inmisericorde me llegaba como regalo de cumpleaños. Éste duró toda la semana, donde un paquete de clinex se volvió mi inseparable e imprescindible aliado. Esto me hace pensar que la amistad también se encuentra en los objetos pequeños y desechables. A casi tres semanas el resfriado, enhorabuena, me ha abandonado, pero lo ha sustituido lo que parece una alergia inexplicable -estornudos constantes- a algo en el aire. Espero de todas formas no ser alérgico a los días soleados y calurosos de los próximos meses. Acepto cualquier remedio casero, esotérico o metafísico que me libre de toda posible y futura enfermedad.

De lo contrario tu vives en una calle que alberga a un pintor con un talento que al parecer no se desgasta con el tiempo, y que a su edad debe guardar innumerables cuadros dentro de su casa. Éstas son también suposiciones mías, pues ni siquiera lo he visto, sin embargo, me gusta imaginar que es así. Cuéntame si llegas a descubrir algo más sobre su vida. Ahora, la casa de al lado parece ocultar algo más complejo, y la forma de vestir de los únicamente hombres que la frecuentan me hace imaginar una extraña secta religiosa, o en su defecto un secreto y distinguido prostibulario. O ambas…

No parece mala la idea de un café, pero tomarlo a las once de la noche me condenaría a prescindir del sueño a la hora que las buenas costumbres consideran correcta. Pero un té no parece mala idea, quizás lo tome como recompensa al terminar esta carta.

Con gusto agrego ese nuevo libro a mi casi interminable lista de lecturas futuras, sin importar que los libros amenazan con apoderarse del espacio vital de mi apartamento y con acabar con mi inútil tentativa de ahorrar. La industria editorial sobrevive y se enriquece con personas, que, como yo, no se conforman con vivir tan solo una vida. Esta semana he estado en Barcelona, he recorrido sus calles y sus playas durante un verano deliciosamente interminable. He sido Manolo, el Pijoaparte, hábil y no únicamente ladrón de motocicletas, soñando desde la muy tierna infancia con una mejor vida y con una mujer de interminable belleza. Me he enamorado de Teresa, y no quiero que estas sean las últimas tardes a su lado. Juan Marsé ha logrado eternizar el verano barcelonés, con una prosa que convierte el instante más fútil de la vida de dos jóvenes en una experiencia onírica e inolvidable.

Le he reprochado al cartero su indiscutible falta con una mirada severa cada vez que viene a entregarme el correo. Espero que, eventualmente, tu dibujo me llegue sin contratiempos, para así limar asperezas con la oficina de correos y sus profesionales, pero despistados colaboradores.

Cuánto placer provoca sentir que de cierta forma podemos viajar en el tiempo. Escribir cartas no solo provoca sentir que vivimos en otra época, sino que también al hacerlo dejamos constancia de una vida no tan corta y pasajera.

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